junio 12, 2010

Una noche de putas

Por Magali Tercero

“Cuando empecé en la prostitución yo me decía ‘me las van a pagar, si no me quisieron comprender cuando yo quería que entendieran lo que era sano, la libertad de alguien, entonces ahora van a entender y les va a doler’. Mi padrastro me decía ‘te cuido para que no seas una puta’, y yo tenía que platicar con mis amigos detrás de una ventana con rejas, y todavía así mi padrastro los insultaba… ¡pero si yo no estaba siquiera en la calle! Y él decía: ‘tan puta la madre como la hija’. Es lo peor cuando a uno lo tachan de eso por hacer cosas inocentes. Yo dije, ‘bueno, ¿qué es la putería?, pues primero la voy a conocer’”.

El escenario de la charla es un centro nocturno de lesbianas en la colonia Roma. Estamos a la mitad de la noche de putas planeada por el diario donde trabajo para el número dedicado a la vida nocturna. Gaby, una joven de 25 años que trabaja en un antro de la Zona Rosa, se desenvuelve con soltura ante la grabadora. Me gustan su inmediatez en el trato y ese don narrativo que le permite hablar de sí misma como si fuera el personaje de una historia extraordinaria. Me gustan también su bonito rostro y sus gestos mesurados. “¡Pero si no estaba siquiera en la calle!” El tono de esta frase me impacta: creo escuchar aún a la adolescente que protesta ante la represión vital, ese sinónimo de la buena educación en muchas familias mexicanas. Una parte mía, una Magali adolescente que persiste por ahí, se identifica con Gaby.

Horas antes, nuestro Virgilio de esta noche, amigo de Gaby desde hace seis años, me ha dicho: “Todos tenemos un sueño, realizable o irrealizable, pero es nuestro y muy querido. El de Gaby es escribir”. Sentados en dos mesas situadas al fondo del prostíbulo donde trabaja ella, hemos comenzado a las diez de la noche nuestra tarea. Francisco Mata ―fotógrafo del diario― y yo, iniciamos un nervioso acercamiento a Gaby y a otras cuatro prostitutas que nos acompañarán a lo largo de la noche. A esta temprana hora, en el bar iluminado con tenue luz roja (reminiscencia de las venerii romanas, escuelas de instrucción sexual que exhibían el signo de un falo erecto pintado de color rojo sangre), lo único llamativo es la abundancia de mujeres atractivas. Ni siquiera sus atavíos lo son: falditas y mallitas entalladas, blusas en tonos vivos un poco más escotadas de lo que se ve en la calle (“con las modas de ahora las damitas parecen otra cosa –me ha dicho un taxista unos días antes– hasta se ponen las botas de la pretty woman”). Según me informan, hay 20 habitaciones arriba del bar: el cliente paga 400 mil pesos por tener sexo una vez y 800 mil por salir a la calle con la prostituta, a quien el bar cobra una comisión del 25 por ciento; si no hay intimidad la tarifa se reduce a la mitad. Mientras obtengo estos datos percibo el desconcierto de una de las jóvenes –pequeña, exuberante– quien, sentada junto a Eduardo Vázquez, también del equipo, e ignorante de que se trata de un trabajo periodístico, no comprende el olvido en que él la tiene. A mi lado, Gaby prohíbe usar la grabadora. “Hasta que salgamos”, dice, “no quiero que el dueño se dé cuenta”. Gaby está muy activa tratando de convencer a sus compañeras para que vengan con nosotros. Antes ha dicho que quiere aprender a escribir. “Quiero contar la historia de mi vida como una aventura”. Observándola, me pregunto cuál capítulo de la aventura de su vida representará esta noche.

A los 18 años Gaby fue violada por cuatro judiciales en un hotelucho de las afueras de la ciudad. En esa época era empleada de una tienda de discos en la Zona Rosa y acostumbraba a ir a bailar sola a las discos cercanas, cuando salía del trabajo. Vivía en Netzahualcóyotl con su madre, una prostituta retirada, y con su padrastro, administrador de un prostíbulo.

“Yo siempre he sido muy agresiva” –me dice enfática– “por eso demandé a los judiciales. Después de violarme me dejaron tirada en el hotel y me salí a la carretera a las cuatro de la madrugada. Entonces apareció un taxi, algo increíble. ¿Tú crees?, a esas horas y en la carretera. Le dije al chofer, lléveme a la delegación, y ahí me interrogaron y me revisaron. Di las señas de los judiciales, de la patrulla, todo… y no lo podía creer cuando me llamó el oficial que me había interrogado primero y me dijo que acababan de llegar cuatro judiciales que correspondían a mi descripción. Me dijo ‘sal a verlos’… Después fue horrible porque estuve tres días contestando interrogatorios y tuve que ir a identificar el cuarto del hotel. Yo nomás me acordaba de un cuarto con un foco rojo que estaba al fondo del pasillo, pero el empleado dijo que no había ningún cuarto así. Después lo hicieron que nos enseñara todos los cuartos. Y sí, había uno y lo reconocí. Cuando me violaron primero me aventaron bocabajo a la cama y alcancé a meter un dinero debajo del colchón, pero cuando fuimos ya no estaba. Yo lo que creo es que los judiciales estaban de acuerdo con los del hotel. También me llevaron con mi padrastro y mi mamá y luego a la tienda donde trabajaba y les dijeron que yo ya no iba a ir más.”

“Cuando me dejaron estaba tan deprimida que me fui al Kineret y ahí me encontré un chavo que me hizo la plática y todo. ‘Yo me dedico a la publicidad, ¿no te gustaría trabajar conmigo? Mañana salgo para Acapulco, vente conmigo’. Yo ya tenía mucho tiempo yendo a la Zona Rosa y antes conocí a un chavo que tenía chavas taloneando en la calle. Él me invitaba pero yo no me dejaba. No seas pendeja, tú, en lugar de estarte matando en Briyus debías ganar para pagar tu departamento’. Así que lo conozco en Kineret y me dice ‘yo sé que has andado con Franco, y sé que tiene chavas en la calle. Mejor vente conmigo’. Esto fue a los seis días de la violación y mi familia no me apoyaba y mi mamá me decía que era una pendeja por meterme en esas broncas. Entonces, ya tomando, le dije sí y agarré unas cuantas cosas y me fui con él a Acapulco [en 1991]”.

La putería es un escape
Finalmente Gaby logra organizar a sus compañeras. “¡Uf!, qué noche”, dice, “es que no se deben dar cuenta, a un señor que estuvo aquí grabando luego le mandaron dar una madriza”. “¿Por qué las amenazas, Gaby?”, le pregunto. “No, no es amenaza, es que es peligroso”. El plan es ir a otro sitio, que por cercano termina siendo “El Don”. Nos distribuimos en los coches, acompañados por unos amigos de nuestro virgilio. Me pregunto cuál es nuestra actitud, si no venimos de turistas, si la crónica no resultará superficial y mamona. “Creo que esto no va a salir”, me dice Fernando Fernández, desanimado. Gaby me llama: “Vente, seguimos platicando en el coche”, y voy a dar al asiento trasero. Nuestro virgilio desliza un sobre. Una chica rubia de rostro muy dulce se atasca de cocaína. Gaby me pone las palmas heladas sobre la cara: “Mira cómo me deja Blanca Nieves”.

En el trayecto reparo en que en esta noche de putas hay de todo excepto sexo. Incluso nuestro Virgilio parece inhibido. Este martes de febrero a la una de la mañana nos encontramos un Don desangelado, tan sólo dos o tres parejas de lesbianas bailando. “Oye Francisco, si quieres Magali y yo bailamos y tú nos tomas fotos”, le dice Gaby al fotógrafo.

“En Acapulco llegó un momento en que debíamos un chorro de lana en el hotel –continúa Gaby– y entonces este chavo me llevó a la Plaza Acapulco y me dijo ‘tú te quedas aquí’. Y yo me quedé y se me acercaron tipos, me invitaban una copa, a bailar, y yo iba. Cuando regresó él me preguntó: ‘¿Se te acercó alguien? Pues no seas mensa, cóbrales’. Ya de ahí me iba al hotel todas las tardes y los de la administración me mandaban clientes. La primera vez salí con un italiano y nos fuimos a una disco. Me puse a bailar como loca, a tomar. De lo último que me acuerdo es de que no llegamos a la habitación del hotel, hicimos el amor en el pasillo…Cuando me desperté estaba tirada ahí y mi bolsa había desaparecido. Me regresé llorando y mi padrote dijo ‘no te preocupes, ya vas aprendiendo’.

“Ya de regreso a México me pregunta: ‘¿qué piensas hacer?’ ‘Pues yo voy a hablar con Franco. Desde que me fui y empecé a ver todo lo que pasaba en Acapulco empecé a pensar qué hago, regreso a México, pero, ¿a dónde? Toda mi familia me va a rechazar, lo que voy a hacer es dinero’. Aparte había otra cosa: a mí me gusta bailar y aprovechar todo lo que no me dejaron ser sanamente y por eso dije ‘me la van a pagar, voy a conocer la putería’. Para mí es una forma de escape para la mujer. Por alguna circunstancia últimamente la mayoría entra a la prostitución por gusto. Hay mucha niña de billetes, niña reventada que nada más entra por el cotorreo. Conozco muchas chavas fresísimas –‘o sea ves, ¿no?’– y les encanta el chavito roquero, el junior o el señor grande y ponerse hasta la madre de todos los vicios. Y aparte te pagan.

“Últimamente hay muchos chavos que las conocen en los discos y les preguntan: ‘oye, ¿no te gustaría ganar dinero?’. Orita en el bar hay una chavilla que así la conoció un chavo y él le pega y ella tiene pánico. Y te das cuenta porque la ves toda morada y a él lo ves como diciéndole ‘al ratito te voy a dar en la madre’.

Yo gracias a Dios me encontré un cabrón padrote que me metió a un buen lugar

“A mí también me pasó como a esta chavilla y eso termina hasta que te das cuenta o hasta que el padrote te deja. Al mío le encantaba el desmadre, era muy infiel y yo me tenía que chingar, pero que no llegara tarde porque me la hacía de emoción. Y yo me sentía mal y le lloraba. Ya después llegó un tiempo un que todos me decían ‘no seas pendeja, ése ni es padrote’. Eso sí, nos divertíamos padrísimo, salía yo del bar a las tres de la mañana y nos íbamos a bailar y llegábamos a las cuatro de la tarde y nos desayunábamos, comíamos en la Zona Rosa, me compraba ropa ahí. O sea era un mundo nuevo para mí, por eso no me importaba lo demás. Cuando yo me iba a bailar me ponía hasta atrás y me gustaba un niño me iba con él a la cama. A mí que no me digan que hay chavas que van a las discos y se van con uno: se van con cuatro, con cinco, y no les cobras, y eso a mí me pasó. Y cuando te das cuenta dices voy a sacar provecho. Y si te gusta hacer el amor… pues te diviertes, te divierten. Yo cuando empecé a trabajar no era de que vamos luego luego a la cama. No, te llevaban a ver variedades, a cenar, a departamentos bonitos, te hacían sentir bien y pues para un señor grande, aunque te esté pagando, lo haces sentirse soñado. Como a mí me gusta el cotorreo y me gusta convivir con ellos, había ocasiones en que no hacía el amor, sólo salíamos a ver variedades y me decían ‘niña, te busco otro día, me encantó’.”

“En la prostitución todo depende de cómo te sientas, qué valor le des. Si te denigras y te dejas que te estén agarrando, que te estén haciendo todo, ellos son los primeros pendejos en dejarte porque piensan: ‘a esa sí le gusto la putería’. Y si trabajas la calle te va peor. Nunca lo hice. Tenía un amigo negro que vivía en la calle de Pánuco, a donde estaban hace cinco años las chavas. Siempre que yo llegaba a su casa él se paraba en su balcón y con binoculares andaba buscando las páneles. Cuando las encontraba les gritaba a las chicas: ‘Mi vida, mi amor, la policía, la policía’. Y todas en chinga corriendo. Y era horrible ver cómo llegaban los de las páneles y con fuetes les pegaban, las agarraban de los pelos, las pateaban, era horrible. Yo decía ‘¿yo hacer eso? No, yo gracias a Dios me encontré un cabrón padrote que me supo meter a un lugar’. Si por algo no entraba yo a esto era porque le tenía pánico a la calle.” “No. Yo tuve mi padrote, y lo mantuve, y me pegaba, y nos peleábamos”, dice. “Cuando empecé, él me vigilaba porque yo tenía pánico y él se pasaba toda la noche ahí sentado y me decía ‘no seas pendeja, párate allá, siéntate acá’. Y yo le decía, ‘pero estoy temblando de miedo’. ‘Pues entonces ponte a tomar’, y entonces yo ya me animaba. Del primer padrote ya no me quedaron ganas de otro porque simplemente te acabas. Aunque hay chavas que tienen padrotes, tienen 15 años trabajando y tienen el billete: 40, 50, 60, 100 millones, carro del año, departamento, casas, y siguen con el mismo padrote. Esos son padrotes inteligentes que les dices ‘hoy conocí a un cliente y mañana quedamos de vernos’. ‘Sí, mija. ¿A qué hora se van a ver? Pues chíngale, y si hay algún pedo me hablas y yo le pongo en su madre’. Esos son los padrotes que hacen que la chava tenga billete. Más bien los que son pendejos es que no son padrotes. Le gustas tú a él y dice ‘la comprendo que trabaje’, pero te empieza a calar, que por qué saliste con fulano, que por qué le metiste a esto, que la madre… Pero aparte quiere parchar contigo.”

“Primero sí me convenía mi padrote porque me divertía con él y porque fue el que me enseñó a conocer el ambiente bonito, o más bien a saber manejar lo que es la prostitución, que si llega un cliente y te dice ‘traigo coca’ ya te vas con él. Yo no, yo digo ‘okey, ¿te gusto?, págame, nos vamos a poner hasta la madre y bien felices’. La cuestión de decidir si sales a la calle con un cliente es psicológica, de platicar con él. Aquí en la zona hay lugares de prostitución que yo llego, me siento, pido una copa, cómo estás mi vida le digo, te cobro mil ochocientos por una vez: ¿quieres o no quieres? ‘Pues vamos a platicarlo’, me contestan. Y les digo que no, que yo no pierdo mi tiempo y ellos se paran y se van. Y es que las chicas a las que han golpeado o matado ha sido por no conocer a la gente con la que están. ¿Qué te parece que estés con un loco que se inyecte heroína y te diga que sí y en el hotel te mata por no darte cuenta con quién estás?”.

¿No hay más coca?
Hace unos meses dos amigos norteamericanos –periodista y fotógrafo respectivamente– viajaron al Distrito Federal para hacer un reportaje sobre la prostitución en México. De su relato se me grabó una imagen: el momento en que el fotógrafo estuvo a solas con una de las mujeres. “Cuando acaricié sus senos encontré leche –decía– y cuando toqué su sexo me llené de sangre. Acababa de ser madre cinco días antes. Insistió mucho en que no estaba menstruando y se ofreció a hacer el amor. Yo no pude proseguir. Era terrible”.

Gaby me cuenta que estuvo trabajando hasta los siete meses de su segundo embarazo (tiene tres hijos). “En esa época mi mamá se divorció de mi padrastro y se fue a San Luis Potosí. La verdad, el papá de mi niño no me interesaba, yo llevaba un año viviendo con él, lo mantenía y todo y cuando le dije del embarazo se llevó todas mis cosas y me dejó embarcada en el hotel con una cuenta de 135 mil pesos, yo con tres meses. Me salí del hotel y me fui a vivir con mi hermano, pero él no estaba de acuerdo con que trabajara embarazada. Uno de los dueños del lugar me dijo: ‘¡yo te mando con un doctor!’, y fui al consultorio y el doctor estaba hasta la madre de borracho y de coca, y yo dije ‘ni madres que me opero’. No había problema de trabajar así, a algunos chavitos los excitaba. Yo ya me operé, pero antes me cuidaba con inyecciones y pastillas y de todos modos me embaracé dos veces”.

En un momento dado, mientras hablo con Gaby, Eduardo me llama y me presenta a Laura, una morena de ojos grandes y vestido negro escotado: “Fuimos compañeros en Antropología –me dice Eduardo– y compartimos dos maestros, me la acabo de encontrar”. Me pregunto qué noche se trae Eduardo. Antes se ha encontrado a un ex torero que fue novio de su hermana hace 15 años. Laura se niega a hablar de su experiencia, “apaga tu aparato, no quiero que grabes”. Francisco discute su negativa: “¿No crees que es una contradicción cuando dices que todos los libros los han escrito gentes que ven las cosas de fuera?” Laura se explica: “Ustedes estudiaron la hermenéutica de Hermes Trimegisto pero yo te lo planteo porque lo estoy viviendo así, no lo puedo plantear en su totalidad. Lamentablemente la gente es lo que busca: proyectar realidades enteras. Tú siempre vas a ser un espectador. Orita te voy a platicar porqué me niego. Tú cuando eres escritor debes de ejercer tu oficio. José Carlos Becerra, no vayamos más lejos, escribió un poema que creo que se llama ‘Recuerdos’, y ahí dice que entre más recuerdas una cosa más lejano estás de ella, porque ya es mentira, porque ya va a ser una ilusión de la realidad. Hay cosas que no se pueden repetir. Ahora, partamos de la base de Roland Barthes, tú a tu oficio, hasta que te salgan bien los zapatos, y si no, no hagas nada”. Alguien nos interrumpe: “Nos vamos a casa de fulano, no más ronda de centros nocturnos, allá hay de todo”. Repetimos entonces la operación de los coches. Observo a Laura subir a un auto blanco con su acompañante. Gaby, Fernanda y yo volvemos a viajar juntas. Fernanda pregunta: “¿No hay más coca? Estoy muy triste. Pásamela”. Se acerca el polvo blanco a la nariz, se tapa un poro y aspira. Después recarga la cabeza en el asiento y cierra los ojos. Me conmueve.

Final del reventón
Con el transcurrir de la noche, Laura, la antropóloga, parece más accesible. De nuevo me impide usar la grabadora pero platicamos un buen rato: “Un día le dije a otra prostituta ‘tú quieres ser María Magdalena y yo María Egipciaca’. Me gusta el vicio, es lo que pasa. A veces me gusta el cliente, otras no. Tú no eres virgen, ¿no? La relación con mi cuerpo es la misma que tú puedas tener. Muchas veces es que abras las piernas y de ahí no pasa. Sí. El dinero tiene qué ver con esto. Soy una puta, pero sigue siendo lo mismo para ti. Yo estudié Antropología y cuando acabé la carrera empecé a dar clases en el CCH y a ganar una madre. Una prima me dijo: ‘¿Tú eres virgen? Te gusta el reventón, ¿no? Puedes ganar dinero de otra forma, mucho más que dando clases. Llego a ganar diez millones en dos meses, todo depende. Aquí en el bar el dueño es persona ilustrada y no nos anda vigilando ni nos las pide. Te deja que te subas a tu cuarto con tu botella y tu galán. Y si no te gusta el cliente no es obligación aguantarlo. Hay unos muy prepotentes, los juniors son los peores. Muchos hombres vienen aquí porque se sienten muy solos. Te cuentan sus problemas conyugales y quieres que los escuches. Me gusta trabajar aquí porque nadie se mete contigo. Lo de las amigas es como en cualquier otro trabajo: las mujeres podemos ser muy solidarias o muy hijas de la chingada, pero siempre intrigantes. Sobre los hombres mi opinión ha cambiado mucho desde que entré a la prostitución. Cada vez tengo una peor idea de ellos.”

“Durante el día hago lo mismo que tú o cualquier otra. Visito a mi mamá o la acompaño al doctor. Mi familia no sabe nada, creen que trabajo en una oficina. ¿Qué si leo? La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, para pensar que no es tanta la pesadez, y cuando me deprimo leo lo lógico, poesía. No sé cuál será mi futuro, muchas compañeras se casan con extranjeros en otros países y empiezan otra vida. Probablemente mi futuro es ser un ama de casa respetable, con sus hijitos y todo. Pero esto es abismal: también puedo suicidarme mañana. No sé si me saldría de todo esto porque me gustan mucho el vicio y el dinero. Por ejemplo, puedo ahorrar y reventarme en San Francisco, y si se acabó la lana trabajo igual que aquí y me recupero. Pero no sé para qué te cuento esto, si la experiencia de puta no se puede transmitir, si la literatura no puede decir qué es. Oye, ¿se puede colaborar en tu revista? A ver, dime, ¿quién hace todo allí? Les llevo algo de Elena Garro. ¿Tú la conoces? Me gustan las revistas. Había una que se llamaba La Regla Rota. Era chingona. Después nos ponemos de acuerdo. Yo les hablo por teléfono”.

Quiero pasar la noche en vela mojado en ti
El avance de las horas comienza a notarse en los rostros de todos. Se transforman las miradas y adquieren brillos y opacidades cuyo significado sólo conoce su dueño. Las conversaciones se hilan y deshilan diluyéndose con los versos de Juan Luis Guerra, el dominicano que cobró 50 millones de pesos por presentarse en México. ‘Quisiera ser un pez/ para tocar mi nariz con tu pecera/ y hacer burbujas de amor por donde quiera/ pasar la noche en vela mojado en ti’. Francisco Mata repite el casete una y otra vez, “me encanta, me encanta”, y él y Gaby bailan cadenciosos. Termina la pieza y ella –minifalda negra y muslos cubiertos por medias en un color de nombre sugerente, ‘profecía’, se desprende de su compañero y va a recargarse contra un muro. El gesto de su cuerpo es intraducible: lo que veo es la foto que podría tomar Francisco, la foto que Francisco está tomando a mi lado. Clic, clic… Gaby –la pierna derecha adelantada a la otra, los brazos extendidos a largo del cuerpo– deja caer la cabeza sobre su hombro derecho en un gesto de desmayo a medias voluptuoso, a medias de hastío (el hastío del pavorreal que se aburre de luz en la tarde).

Las otras chicas ya no están en la sala. Memo le ha pedido a una de ellas que orine en su presencia. Ella me ha contado que tiene un novio en su tierra y que se van a casar. Él no sabe nada de su vida aquí. Un día pasaron frente a un prostíbulo y él le dijo: “¿Sabes qué lugar es éste? Hay que estar muy mal para ser prostituta”. Y ella repite: “Me sudaban las manos, me sudaban las manos”. Piensa retirarse en dos años, cuando ahorre lo suficiente para poner un negocio y terminar su casita. Desde que está en esto, hace dos años, siempre muy triste. Por eso es cada vez más viciosa, por eso cada vez se mete más cocaína. Ya no quiero hacer preguntas. Dejo la grabadora a un lado y escucho a mis compañeros racionalizar su experiencia de esta noche, explicarme porqué no han platicado con nuestras amigas de farra. “A mí me seduce la idea del servicio a la mujer, no que ellas me sirvan”. Estoy exhausta. “Qué noche anodina”, le digo a Francisco Mata.

(Publicado en la revista Milenio dirigida por Fernando Fernández. 1991. Forma parte del Cien freeways: D. F. y alrededores, UACM, 2006, libro ganador del Premio Nacional de Crónica Urbana UACM 2005.)

junio 11, 2010

Escorts: entre el consumo y la poesía

Por Sergio Zabala

“...la voluptuosidad única y suprema del amor estriba en la certidumbre de hacer el mal.
El hombre y la mujer saben, desde que nacen, que en el mal se halla toda la voluptuosidad” [1]
Charles Baudelaire.

Probablemente algunos recuerden cuando en “El amante” –aquel film basado en la novela homónima de Marguerite Duras[2]– la protagonista exige a su apasionado partenaire los billetes con qué satisfacer su insólito anhelo de ser tratada cual prostituta.

La pareja –conformada por un joven de veintiséis y una adolescente de quince– emprende así el delicado sendero donde lascivia y perversión se conjugan para que el amor no olvide a su esquivo y díscolo fogonero: el deseo.

Bastaría esta extravagancia para colegir que la sexualidad humana está aquejada por un insalvable desarreglo cuya traducción fenoménica es un exceso llamado voluptuosidad, lujuria... goce.

Ahora bien, si la clave para desentrañar el pathos que agita a la civilización reside en el destino de los excedentes del trabajo humano, la prostitución –por transformar lo más propiamente inútil (el goce) en mercancía– se constituye en un privilegiado analizador de la escena humana. No en vano, James Joyce opinaba que las cosas verdaderamente interesantes ocurren en los burdeles.

En efecto, el oficio más viejo del mundo reúne el exceso del trabajo psíquico –ese plus de goce que Duras nos exponía más arriba– con la plusvalía, el valor que el yugo de los hombres (¡y de las mujeres!) incorpora a la mercancía.

¿Qué lugar para las escorts, esas cultivadas mujeres que –en muchos casos– lejos de recurrir a la prostitución como resultado de la miseria o la marginación, venden su cuerpo para acceder a costosos bienes suntuarios, tales como caballos de carrera y casas de fin de semana, entre otros? Los poetas –esas “viejas prostitutas de la historia”[3] según afirma José Agustín Goytisolo– aportan lo suyo.

En efecto, por ser uno de los primeros en advertir los efectos que generaba la producción seriada en el ámbito de las beaux arts, Charles Baudelaire anticipó el valor de fetiche que Marx supo darle a las mercancías, cuando trasladó a los objetos más frívolos y banales “el valor cultual”[4] que hasta entonces ocupaba el arte:

“... sólo a través del extrañamiento que la hace inasible y la disolución de la inteligibilidad y de la autoridad tradicionales la mentira de la mercancía se transmuta en verdad. (...) La condición del éxito de esta tarea sacrificial es que el artista lleve hasta sus extremas consecuencias el principio de la pérdida y de la desposesión de sí (...) la redención de las cosas no es posible sino al precio de hacerse cosa”[5], observa Agamben en su análisis sobre la obra de Baudelaire.

Con probabilidad muchas personas que ejercen el particular oficio de escorts conocen o intuyen esta condición de estructura y se sirven de ella aunque con fines bien distintos al del artista o poeta, a saber: desmienten la dimensión del amor que vela nuestra condición de objeto a cambio del fetiche coagulado en la ecuación pene-dinero-mercancía. De esta manera se trastoca el juego. La ficción a la que “El amante” consentía por pura vocación amorosa ha devenido en oportuno y eficiente delivery.

Pero abandonar la dimensión del amor no es sin consecuencias. Sin amor no hay deseo[6], sólo voluntad de goce, se trata de la posición propia del perverso a la que no cualquiera accede sin correr los más serios riesgos subjetivos por más suficiencia que se luzca en los testimonios[7]: una suerte de sacerdotisas del goce al servicio del dios Consumo.

Baudelaire lo dice con todas las letras: “El amor puede derivar de un sentimiento generoso: el gusto de la prostitución; pero bien pronto lo corrompe el gusto de la propiedad” [8]

¿Es que estamos formulando un juicio moral? De ninguna manera, la condición perversa no supone por sí sola maldad alguna. Pero cuidado: sólo es perverso quien puede, no quien quiere. ―Hipocrite lecteur, mon semblable, ―mon frère![9]

[1] Charles Baudelaire, diario íntimo, Premià Editora, México, 1990, pag. 16.
[2] Marguerite Duras, El amante, Tusquets, Barcelona, 1985.
[3] José Agustín Goytisolo, “Bajo tolerancia” en Antología personal, Madrid, Lumen, 1997, pág. 32.
[4] Así se refiere Benjamin a la función ritual de la obra de arte. Walter Benjamin; “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, en Discursos interrumpidos I, Buenos Aires, Taurus, 1989, pág. 28.
[5] Giorgio Agamben, Estancias, Pre- textos, valencia, 1995, págs. 97 y 98. La negrita es nuestra.
[6] “Solo el amor permite al goce condescender al deseo”. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 10, La Angustia, clase “Aforismo del amor”, del 13 de marzo de 1963, Buenos Aires, Paidós, 2006, pág. 194.
[7] “Las elecciones particulares”, Suplemento Las 12 del diario pág.12
[8] Charles Baudelaire, diarios íntimos, op. cit. pág. 13 y 14.
[9] “Mi semejante, hipócrita lector, hermano mío” .Charles Baudelaire, Las flores del mal, Cátedra, Madrid, 1995, pág. 78.

Una vida de paz y tranquilidad

Por Karini Apodaca

¡Y ahí voy yo de nalgas prontas!

Él me dijo: “quiero darte paz, tranquilidad, lo que te ha faltado es un hombre de tu calibre.”

Y yo sin pensarlo dos veces caí redondita, nadie había hecho nada por mi antes. “Me espera una vida nueva”, creí, la muy ingenua.

Me hablaste de los “terrenos ganga” que te vendía tu compadre Diego, ¡fui tan feliz pensando en nuestro futuro tranquilo!

Diego nos ha llevado a la mierda, con su gran negocio nos hundió sin un mínimo de culpa, apuñalo la espalda de su compadre y terminó con nuestro gran proyecto de futuro.

“No compadre, ya verá qué ganga le estoy vendiendo.”

Si. ¡Qué ganga! Unos meses de furor por años de trabajo y sacrificio, todos los sueños de una vida tranquila se diluyeron en el río que atravesaba el “terreno ganga éxito”.

Mientras miro de soslayo al sujeto que se asea en el baño, fumo acostada en la cama. ¡Qué ganga!, vuelvo a recordar. Maldita palabra.

¡Ganga mi vida!, que ahora por un puñado de “billetes comida”, sobrevivo esperando que cliente tras cliente por un cachito de orgasmo me den lo que tú un día me prometiste: tranquilidad.

La prostitución se define

La prostitución se define como el acto de participar en actividades sexuales a cambio de dinero o bienes. De modo que, en un sentido más genérico y coloquial de la palabra, se dice también que se prostituye, por extensión, cualquier persona que "vende" sus servicios profesionales (no sexuales) por una causa que no le importa o incluso que considera indigna, con el único aliciente de recibir un pago.

La historia de Diana

POR Cristina Hernández

Diana, de 11 años, llegó a vivir con su tía cuando su madre falleció. La hermana de su madre vivía en el D.F. y parecía tener dinero, así que a la niña le pareció bien. Al principio sólo iba a la escuela, hacía de nana de su primito de dos años y algunas labores de limpieza en casa mientras sus tíos trabajaban. Más adelante se le pidió que atendiera los teléfonos celulares y anotara las citas; le pareció extraño lo que tenía que decir: el teléfono azul era para citas de 1200 pesos, el negro sólo 500 y el cuarto se cobraba aparte; no entendía muy bien de qué se trataba. Le dijeron que modulara la voz con un acento provocativo y procurara parecer de mayor edad. A ella le daba risa contestar el teléfono, pero trataba de hacerlo bien.

En un año comenzó a verse diferente, creció algunos centímetros y su cuerpo se llenó de curvas. Estaba contenta porque su tía la llenó de regalos, como cosméticos y ropa nueva adornada con colores y brillos. Le dijo que pronto ingresaría al “negocio”. Ella se emocionó, sin saber muy bien cuál era “el negocio familiar”; seguramente tendría dinero para comprar los dulces y juguetes que siempre se le antojaron.

El día de su iniciación fue doloroso; desde temprano, su tía la vistió de manera provocativa. A Diana le daba pena esa falda tan corta que apenas cubría los calzones; le enseñó a maquillarse y le explicó lo que tenía que hacer. Un hombre llegaría a la habitación; había pedido un servicio doble y su tía necesitaba que le ayudara; debía decir que tenía 18 años, quitarse la ropa y seguir las instrucciones que se le fueran dando. Se le entregó una tira de condones y hasta le enseñó cómo debía lavarse después y, sobre todo, la regla más importante: “Tú no dejas que te la metan si no te pagan por adelantado”. En ese momento la falda corta dejó de tener importancia.

Mientras su tío las llevaba al hotel, ambos intentaban tranquilizarla, no iba a estar sola y su tío, afuera del cuarto, no se retiraría de la puerta ni un momento hasta que las llevara de regreso a casa. Todo pasó demasiado rápido; al salir del hotel todos sonreían y la invitaron a cenar a una taquería que a ella le gustaba mucho. Sin embargo, Diana no sabía por qué se sentía tan mal, por qué le invadían las ganas de llorar y se sentía tan avergonzada. Su tía, al ver eso, le prometió acompañarla al otro día a esa tienda que vendía el juego electrónico que tanto le gustaba. Claro, primero tenía que hacer otro servicio y después irían.

La promesa nunca fue cumplida, pero tampoco importaba, porque ya no quería el juguete, tampoco la ropa con brillos ni entrar al “negocio”. Pero el trabajo mejoró, los teléfonos no paraban de sonar y ella no podía darse el lujo de hacer tarea o enfermarse, debía ganar el dinero que sus tíos le exigían. Sus calificaciones en la secundaria comenzaron a bajar, reprobó materias y le dijeron que no importaba, que ya no iba a necesitar la escuela. Dejó de asistir, después de todo era muy triste escuchar a sus compañeritas hablar del niño que les gustaba, de fiestas de 15 años y bailes que para ella ya no tenían sentido alguno; ya no iba sola a ningún lado, no se le permitía comunicarse con nadie y jamás le dieron algún dinero de lo que “el negocio familiar” generaba. Comenzaron a enviarla a servicios individuales, siempre custodiada por su tío, quien la esperaba a las afueras de la habitación como su carcelero.

Ella, en secreto, iba guardando pequeñas cantidades de dinero con el afán de escapar algún día de sus tíos, que ahora se habían convertido en sus captores. Un día, mientras realizaba un servicio en otro más de esos hotelitos que ya conocía como la palma de su mano, escuchó afuera de la habitación una discusión; ambos, cliente y niña, se sorprendieron por el alboroto. El encargado del lugar discutía con el tío sobre el pago del lugar, mientras veía por la ventana cómo su familiar se alejaba hacía la pequeña oficina a la entrada. Una sola idea atravesó su mente: libertad.

Sin pensarlo mucho y ni siquiera vestirse salió corriendo para sorpresa de su cliente, que se quedo ahí sin saber qué hacer; la niña corrió a esconderse entre las cortinas y los autos, ahí encontró a una pareja de jóvenes estudiantes que al verla en ese estado llorando, agitada y a medio vestir la escondieron en el cuarto para que les explicara qué ocurría.

Afuera, su tío se había dado cuenta de su huida y la buscaba desesperado. Los jóvenes escuchaban la historia de Diana y no podían creerlo; después de meditarlo un poco llamaron a la delegación para denunciar un secuestro. Las patrullas llegaron al hotel al mismo tiempo que la tía, que espantada no atinaba a entender qué sucedía en el interior, hasta que la detuvieron junto con su esposo, quien furioso les decía a los agentes que ellos habían ido a buscar a la niña rebelde porque se había escapado de la casa.

De nada le valieron sus alegatos, el testimonio del encargado y la joven pareja dieron validez a lo narrado por la pequeña; trasladaron a los tíos al ministerio público, donde se abrió una de las muchas averiguaciones previas que se inician cada día en la enorme ciudad de México por los delitos de trata de personas, corrupción de menores y lenocinio, sin que a ninguno de nosotros nos afecte mucho, ya que esta realidad se encuentra muy lejos de la comodidad de nuestros hogares, de nuestros problemas diarios.

Código Penal para el Distrito Federal.
Art. 201
Al que procure o facilite la corrupción de un menor de dieciséis años de edad o de quien no tenga capacidad para comprender el significado del hecho, mediante actos de exhibicionismo corporal, lascivos o sexuales, o lo induzca a la práctica de la mendicidad, la ebriedad, al consumo de narcóticos, a la prostitución, al homosexualismo, a formar parte de una asociación delictuosa, o a cometer cualquier delito, se le aplicarán de tres a ocho años de prisión y de cincuenta a doscientos días multa.
Art. 205
Al que promueva, facilite, consiga o entregue a una persona. para que ejerza la prostitución dentro o fuera del país, se le impondrá prisión de dos a nueve años y de cien a quinientos días multa. Si se emplease violencia o el agente se valiese de una función pública que tuviere, la pena se agravará hasta en una mitad mas.
Art. 206
El lenocinio se sancionará con prisión de dos a nueve años y de cincuenta a quinientos días multa.
Art. 207
El delito de lenocinio:
I.- Toda persona que habitual o accidentalmente explote el cuerpo de otra por medio del comercio carnal, se mantenga de este comercio u obtenga de él un lucro cualquiera;
Il.- AI que induzca o solicite a una persona para que con otra comercie sexualmente con su cuerpo o le facilite los medios para que se entregue a la prostitución;
Art. 208
Cuando la persona cuyo cuerpo sea explotado por medio del comercio carnal, sea menor de edad, se aplicará al que encubra, concierte o permita dicho comercio, pena seis a diez años de prisión y de diez a veinte días multa.

Imaginación y electricidad: cóctel para la memoria

Por Ximena de la Cueva

Estoy solo en el grito inesperado
que lanzo en mi sabor de oscuridades
para llenar de voz mis soledades
y revivir mi ser deshabitado.
—Elías Nandino—

Nuestra existencia se expresa en primera y última instancia a través del cuerpo; es así como nos conocemos y reconocemos; lo mismo sucede con nuestro entorno, donde además ubicamos a aquellos que en algún momento llamamos “los demás” y en otro pueden ser parte del “nosotros” y, al menos fugazmente, hasta del yo que nos conforma.

Esta disposición mental del ambiente incluye la concepción del erotismo y en este punto en particular, es donde la presencia y las acciones del “otro” resultan fundamentales para aclarar y confeccionar con más precisión la idea de nuestro yo.

Si decidimos ponernos prácticos, podemos empezar por considerar que tanto los que ofrecen como los que solicitan sexo con la mediación de un pago son parte de una transacción en la que se busca seguridad en más de un sentido, y dentro de ello está la satisfacción económica (pago justo). Este intercambio implica bienes materiales claramente preestablecidos y casi siempre limitados a cantidades específicas de dinero, y en el caso del uso del teléfono como medio de soporte comunicativo, por tiempo invertido. Un tema aparte, es la problemática de la explotación de las personas que ofrecen el servicio, pues resulta difícil ser un trabajador independiente por más de una razón; en concreto, para ofrecer sexo remunerado vía telefónica es indispensable contar con una infraestructura comercial, es decir, no basta un aparato telefónico, es necesario un sistema que vincule comercialmente la línea, para pagar y cobrar el servicio.

Las implicaciones de anonimato en este encuentro entonces se distienden y el viaje al interior se vuelve aún más atractivo, porque no hay un vínculo cara a cara ni siquiera en el momento de la transacción, lo cual genera una situación que resulta excelente para una sociedad donde la culpa estructura en gran medida las relaciones sociales y ya más cercanamente, las corporales. Este medio admite y propicia la ficción desde el primer contacto, ya que las fotografías publicitarias, cuando existen, difícilmente pertenecen a los trabajadores que ofrecerán el servicio y el cliente puede también fingir abiertamente, pues difícilmente quedará evidenciada cualquier cualidad individual, más allá de las que intervengan en el discurso que se construya a lo largo de la sesión.

Dentro de toda esta maraña de transacciones, hay más elementos y resulta interesante considerar que, en palabras de un consumidor satisfecho, “los buscadores de sexo telefónico quieren asegurarse de obtener placer, pero también cuidan sus ingresos y les interesa protegerse del phishing, el pharming y la clonación de tarjetas”, por lo que una de las principales maneras de elegir el sitio adecuado es preguntar a personas conocidas; en resumen, “la información circula de boca en boca”, aunque esto parezca incongruente con el supuesto anonimato implícito. El escenario que más comúnmente se construye mentalmente para estas empresas es un call center con una decena de cubículos donde trabajan personas de diferentes edades respondiendo llamadas, o espacios familiares donde cualquier miembro puede dedicarse por unas horas a usar el teléfono como generador de sustento económico; la realidad material puede ser tan radicalmente distinta como las historias adyacentes lo permitan.

En esta búsqueda de placer y compañía, la oralidad juega el papel preponderante. Esta característica de nuestro desarrollo social, que se refiere a una forma de comunicación donde el vehículo es la palabra, despierta la memoria, pero en el caso del uso de la línea telefónica “sexual”, además se activan mecanismos de autoerotismo en los que participa el conocimiento y reconocimiento del cuerpo, el propio, a veces el más amado y procurado, a veces el más detestado, pero no por eso menos cálido.

Las variantes de los “hotlines” incluyen relatos eróticos pregrabados, sonidos de personas en los que se evidencian relaciones sexuales y la más socorrida, pláticas conducentes a la excitación a través del encuentro con referentes eróticos específicos para cada usuario. Aquí el tiempo juega su parte, pues los actores sexuales pueden ofertar o solicitar acciones materiales específicas sólo mediante la evocación, así que habrá que imaginar una felación en ambos lados de la línea y enriquecerla con torrentes de palabras que consumirán los minutos por los que se pagará.

En los bordes del proceso generador de placer, es posible encontrar el combustible principal de estos escenarios eróticos: las diferentes formas de ausencia y presencia, principalmente en el concepto y la carga emocional del cliente. Es aquí donde interviene la chispa de la satisfacción alucinatoria, que incluye no sólo la excitación del cuerpo, sino un evento recreado mentalmente con elementos subjetivos que enriquece, por decisión, las situaciones conductoras a la dilatación de la pupila, el aumento del ritmo cardiaco y de la temperatura corporal. En la activación del mecanismo precursor de este conjunto de sensaciones cada persona juega diferente, debido a que en la memoria existen referentes específicos de las historias individuales, que serán los que se impulsarán y provocarán la adictiva situación alucinatoria, donde un “extraño” interpreta el papel solicitado y usa el espacio imaginado para llenarlo de señales aderezadas con los tonos y ritmos pertinentes. Finalmente, de qué estamos hechos si no es de fluidos objetivos y subjetivos; qué puede caracterizarnos más precisamente si no es nuestro ritmo a lo largo de los encuentros con los demás.

Estas opciones de relaciones eróticas, que incluyen el sexo telefónico y a través de la red, sea con complejos dispositivos materiales o sin ellos, están modificando la forma de concebirnos como individuos y como grupo: hay una transformación del concepto de quiénes somos como personas, cuáles características realmente son parte constitutiva de cada quien y cuál es el papel del cuerpo en la complicada construcción de la existencia.

Lo único que puede en este caso considerarse una limitante, es el canal de comunicación, pero es bien sabido que la experiencia puede ser tan amplia como la persona misma, con su origen y torturas, su historia y sus carencias, por lo que la transferencia de mensajes, codificación de expectativas y decodificación cultural de los contenidos, bien pueden evidenciar la riqueza sensual y permisiva de nuestras posibilidades eróticas.

Así, con el cuerpo dispuesto y disponible, entramos en la geografía de la seducción. Recorremos, construimos y reconstruimos con palabras las representaciones que culturalmente sumamos a nuestra sensualidad y a las pieles que ofertamos y anhelamos, y es en este recorrido donde ampliamos las experiencias capaces de desbordar las fronteras corporales.

El termino ramera

El término ramera tiene su origen en los adornos con ramas de árbol que se instalaba en el frontis de las casas donde se ejercía la prostitución

Lo que es el dolor

POR Óscar Garduño

¿Recuerdas que ese día descubriste lo que era el dolor?

Tiernas agujas que se enterraban por todo tu cuerpo; cada que respirabas, cada que intentabas tomar un poco de aire, tiernas agujitas que se iban clavando conforme tu piel intentaba sacarlas.

¿Eran agujas o eran trocitos de vidrio de la botella estrellada?

¿Qué era?

Eso sí: la sangre era hilos sobre tus brazos adormecidos y frente a tu rostro la sonrisa especial de ella y el humo de su último toque.

¿Recuerdas?

Fue cuando te diste cuenta de que ella había abusado del juego y decía estar enamorada no por necesidad, no porque lo sintiera, sino porque urgencia era para ella llenar ese otro hueco que otro hombre había dejado en su vida tiempo atrás.

No te importó.

Ella se valía de ti; tú te valías de ella. Y entre los dos había una extraña complicidad acurrucada por el silencio. Luego de madrugada te sentabas en la cama, encendías un cigarro y la mirabas dormir, tierna, desnuda sobre las sabanas blancas; y ahí pensabas que era inocente, que la vida había abusado de ella como también había abusado de ti.

¿Recuerdas?

La primera vez que lo intentó te mostraste sorprendido. Dijiste entonces que no te gustaban esas cosas, que era peligroso. Ella gritó que eras un niño, se echó a la cama y comenzó a reírse con una intensidad molesta; la tomaste por la fuerza y abriste sus piernas: ella seguía riendo, perdida en el vodka que había bebido antes, en el bar del hotel, entre señores cuarentones con camisas a cuadros desabotonadas y señoras cuarentonas con apestosos perfumes y sonrisas artificiales; abriste sus piernas y sumergiste el rostro en medio de ellas, mientras su carcajada sonaba por toda la habitación, sus carcajadas y: "eres un niño, eres mi niño, mi pequeño."

¿Recuerdas?

Esa noche despertó y puso algo ardiendo en tu pecho; cuando abriste los ojos la imagen te paralizó: ella jugaba sobre ti con un cigarro encendido: por momentos lo pasaba sobre tu piel, por momentos lo acercaba, y el humo que despedía no parecía salir de su punta, sino de tu cuerpo: era como si el vapor de tu piel te doliera tanto, te ardiera más que su mirada entretenida en lo amarillo del filtro, en lo blanco del papel, en la cicatriz grisácea de la punta anaranjada.

"Eres mi niño, mi niño", repitió nuevamente mientras intentaba tragar humo de tu piel.

Al otro día amaneciste con quemaduras.

No te importó. Ella se valía de ti; tú te valías de ella.

Le pediste que usara medias negras. Se las quitó y las puso sobre tus ojos, tu mirada quedó oscurecida. Trajo del pequeño frigobar varios hielos. Los puso en tus labios; te besó y presionó tan fuerte que los hielos se rompieron, mientras tu piel ardía ahora bajo lo congelado.

Poco a poco las cosas subieron de nivel.

No te importó.

¿Recuerdas?

Abres los ojos. El médico pregunta cómo te sientes. Hablas. Pero el médico te dice que no escucha. Entonces no hablas: haces como que hablas, nada más. Mueves los labios y alguien empuja la camilla.

"No se preocupe, se pondrá bien."

Era la sesión de los juegos: en una bolsa de plástico metimos varios papelitos con retos o castigos escritos en ellos. Los dos estábamos desnudos sobre la cama y ya habíamos bebido otra botella de vodka.

Metiste tu mano. Ella tomó el papelito, lo abrió y dijo: "¡reto!, tienes que abrir la ventana y gritar para que todo mundo allá abajo te vea desnudo, pero lo tienes que hacer arriba de una silla."

Jalaste las cortinas y un aire frío erizó tu piel. Estaban en un quinto piso. La gente, en su caminar, permanecía ajena a la ventana del hotel.

Gritaste.

Voltearon a verte. Muchos sonrieron; otros simplemente desviaron la mirada. Al dar un paso hacia atrás para bajarte de la silla te caíste de nalgas y ella comenzó a carcajearse.

"Eres mi niño, mi niño."

Tocó su turno. Sacó un castigo estúpido, si se quiere. Tendría que beber vodka de la botella durante veinte segundos sin despegar los labios de la boquilla. Se puso feliz. Obvio es que para ella eso no representaba castigo alguno. Contaste: "uno, dos, tres... quince... dieciséis... veinte".

Hincada frente al retrete con loa senos colgando torpemente frente a lo blanquecino del azulejo.

No te importó. Ella se valía de ti; tú te valías de ella.

Nuevamente tu turno.

¿Recuerdas?

La lámpara se enciende sobre ti y el médico repite tu nombre.

Con los trocitos de una botella rota ella haría un mapa sobre tu pecho primero, y luego sobre tu espalda.

Te negaste. Era demasiado.

Ella estaba mareada; apenas se podía mantener en pie y aún así quería aplicarte el castigo: aventó la botella contra la pared y los pedazos volaron sobre la cama y la alfombra. Se agachó. Al recogerlos se cortó y comenzó a sangrar. Intentaste detenerla. Los dos parecían bailar al mismo ritmo que el reflejo de los trozos de la botella que los iban deslumbrando; tú caíste primero y varios trozos de vidrio se ensartaron en tu cuerpo desnudo.

(¿Recuerdas que los que más te dolieron fueron los de las nalgas?)

Sangrabas hilos que parecían sujetarla a ella contra tu cuerpo: se acostó sobre tu pecho y repitió: "eres mi niño, eres mi niño."

Intentó levantarse torpemente para seguir el baile; tú estabas mal, te hacía falta el aire y la sangre comenzaba a formar un charco sobre la alfombra. Ella bailó torpemente hacía atrás con sus pies descalzos y luego se inclinó hacia el frente con sus tetas al aire; dijo "voy a hacer lo mismo que tú" y se subió a la silla, alzó los brazos y...

Abre los ojos.

"Abra los ojos", dice el médico. "Pronto se pondrá bien; no se preocupe."

¿Recuerdas que fue en ese momento cuando descubriste lo que era el dolor?

De medias virtudes y virtudes en medias

Por Karini Apodaca y Cristina Hernández
La mujer está más maltratada por la civilización que por la naturaleza.
―Rousseau

Pequeñas inserciones en diferentes medios que rezan: ¡conócelas! e incluyen un número telefónico ofrecen a “masajistas que te atenderán totalmente desnudas” , esta nueva modalidad de prostitución tiene la siguiente mecánica: llamas y haces una cita. El primer encuentro suele ser en alguna estación del Metro, donde, al llegar, una de las terapeutas acudirá por ti y te llevará a una sala de masajes, posiblemente con el nombre de “Centro de relajación” o “Centro de masajes tántricos”.

Una vez ahí, eliges a tu terapeuta, la cual es llamada “media virtud”, porque no es una simple quiropráctica y mucho menos una prostituta. Es una terapeuta de masaje tántrico, que si bien está inmersa en los secretos del tantra, es virgen y de esta condición nace tal nombre.

Para comenzar te solicitarán cubrir la cantidad de 250 pesos por tu sesión de masaje o terapia tántrica; estas virtudes en medias están entrenadas para erotizar a la persona sin otro conocimiento que el de su “experiencia en campo”. Pero, amparándose detrás del título de terapeutas del sexo tántrico y/o masaje erótico, así como de su estado de medias virtudes no estarán obligadas a tener sexo contigo si no eres de su agrado. Este preámbulo, que no tiene otro propósito que llevarte a solicitar más servicios de su menú, les ayudará a ganarse un dinero extra por cada situación adicional, por la que cobrarán de 100 en 100 hasta llegar al tope máximo de 700 pesos. Siendo éste el precio de la media virtud que aún guardaba la “virtuosa en medias” y, de esta forma, evitar que se les acuse de prostitución.

La carta de servicios describe las siguientes opciones:
Tocar piernas.
Tocar senos.
Tocar vagina.
Masaje mutuo.
Lamer vagina.
Felación con goma.
Felación sin goma (depende del aspecto cliente).
Cunnilingus.
Meterla (depende del aspecto del cliente).

Su huella en occidente
Sin poder determinar el origen de la palabra masaje, lingüísticamente hablando las posibilidades en cuanto al concepto son:
Massesch: Término hebreo que significa palpar.
Massien: Término griego que significa frotar.
Mass: Prefijo árabe que tiene diversos significados, como frotar, manosear, tocar dulcemente, tocar con suavidad.
Masser: Raíz de origen francés que significa amasar, dar masaje, acción de masajear.

Uno de los casos más antiguos documentados del masaje se remonta a la cultura sumeria. Como práctica curativa habitual se realizaban masajes; la sesión incluía el uso de aceites. En China, el libro Kong Fou, que recoge el pensamiento de Lao-Tse, incluye recomendaciones de masaje y gimnasia respiratoria con fines terapéuticos.

En la antigua India, el Ayur-Veda propone tratar con frotaciones las zonas dolorosas y presenta distintos consejos higiénicos y de masaje, con frotamientos y fricciones. Enlazado con la tradición ayurvédica de masaje, podemos citar el thai yoga o masaje tradicional tailandés.

En el antiguo Egipto se realizaban fricciones con las manos sobre los cuerpos de los heridos en la guerra para aliviar el dolor. Ya en esa época, el masaje terapéutico coexistía con el masaje estético: fricciones tonificantes, aceites y ungüentos aplicados con un masaje incipiente, maniobras para embellecer y adelgazar. La cultura egipcia fue en gran medida la responsable de extender la práctica del masaje a la par que las culturas griega, romana y persa.

Masaje, unciones con aceites y gimnasia eran habituales en la Grecia clásica. En la Ilíada, Ulises solicita masajes después de la batalla a las puertas de Troya. Homero, Herodoto, Hipócrates, Sócrates, Platón elogian la práctica del masaje y sus beneficios. Hipócrates desarrolla el primer trabajo científico sobre el masaje. En la Grecia clásica el masaje se usó habitualmente como forma de mantenimiento físico, sobre todo para aquellos que practicaban la gimnasia.

En Roma el masaje logró una enorme popularidad. En las termas, los traclatores son los encargados profesionales del masaje terapéutico y deportivo, sin ninguna relación con otros "masajes" que también florecerán en épocas romanas más tardías: los eróticos. La medicina romana se apoya en el masaje realizado con aceites y esencias, considerando que los efectos terapéuticos provenían de estos ungüentos más que de las propias maniobras de masaje. Asclepíades, Areteo y Galeno (131-201) son las mayores figuras. Galeno, en su Gimnástica llega a clasificar distintos tipos de masaje. El masaje para los romanos era un acto asociado a los baños públicos y es por ello que se daban fricciones con aceites fragantes y cremas, servicios que se popularizaron gracias a dichos espacios y a las termas también públicas. Estos masajes eran realizados mayoritariamente por especialistas griegos o egipcios.

Los árabes continuaron con la práctica del masaje, tradujeron del griego muchas obras de medicina, a las que añadieron los conocimientos de tierras conquistadas chinas e hindúes, además de las propias aportaciones.

Oscurantismo, prostitución y hechizos
En la Edad Media, periodo significativo para Europa por el freno a los avances científicos y culturales, los masajes también sufrieron los embates de la época. La expansión del cristianismo terminó por imponer una nueva moral, estricta y represiva. Tanto el aspecto social como el religioso tienen una influencia decisiva en los cuidados corporales y en las prácticas médicas. La enfermedad se concebía en un entorno religioso, o dicho de otra forma, era el castigo por el pecado. Por eso no es difícil imaginar que las escuelas de gimnasia, los baños y la práctica del masaje fueron desapareciendo de la vida cotidiana.

La Iglesia consideraba que el masaje era una práctica más erótica que terapéutica y le otorgaba fundamentos de hechicería, arrinconando esta técnica de curación y bienestar a los anales de lo satánico, por lo que terminó practicándose sólo en casas de prostitución.

Por si deseas ser una virtud en medias
Los salones de masaje no son empresas de prostitución, porque oficialmente no se realiza sexo (pagado). Si no quieres tener intimidad con alguien, pero no encuentras desagradable masturbarle o hacer que llegue al orgasmo cuerpo a cuerpo (B2B-body to body), este trabajo puede ser para ti. De no existir inconveniente de que alguien toque tu cuerpo, estás ante una buena opción.

Las diferentes formas “nuevas” de masaje son populares. Si buscas en Internet te darás cuenta de que se ofrecen muchos masajes eróticos, exóticos.

Las ventajas de trabajar en un salón de masaje:
· No estas obligada a tener intimidad con alguien.
· Si sólo das masajes y no te metes el dedo a la vagina o algo semejante, ésta alternativa es segura, porque no corres ningún riesgo de contraer una ETS.

Dar masajes es un arte, conlleva una formación teórico-práctica avalada por certificados oficiales.

ILUSTRACIONES por:

Jack Vettriano

Fife, Escocia, 1951. Abandonó la escuela a los 16 años para convertirse en Ingeniero de Minas. Al cumplir los 21 años, una amiga le regaló un estuche de acuarelas. A partir de ese momento, pasó gran parte de su tiempo libre aprendiendo a pintar de forma autodidacta. En 1989, presentó dos cuadros en la Exposición Anual de la Royal Scottish Academy. Ambas obras fueron aceptadas y vendidas en el primer día. Al año siguiente, los tres cuadros con los que participó en la prestigiosa exposición de la Royal Academy de Londres tuvieron una reacción tan entusiasta como la anterior y su vida como artista comenzó a partir de ese momento. En los últimos veinte años, el interés en la obra de Vettriano ha crecido de forma constante. Ha participado en exposiciones individuales en Edimburgo, Londres, Hong Kong y Nueva York. 2004 fue un año excepcional para su carrera. Su obra más conocida, The Singing Butler se vendió en Sotheby's por cerca de 750.000 libras esterlinas; se le concedió un OBE por Servicios a las Artes Visuales y fue objeto de un documental titulado “Jack Vettriano: El Pintor del Pueblo”, realizado por el programa South Bank. De 1994 a 2007 fue representado por Vettriano Portland Gallery en Londres, pero la relación terminó en junio de 2007. Desde entonces, Vettriano se ha centrado en una variedad de proyectos privados, incluyendo el lanzamiento de un nuevo libro, y la pintura de un retrato de Zara Phillips como parte de un proyecto de caridad para recaudar fondos para Sport Relief, experiencia que fue capturada en un documental transmitido en BBC1 en marzo de 2008. Vettriano divide su tiempo entre sus residencias en Fife, Londres y Niza.

Para mayor información sobre Vettriano y su obra, visita su página oficial: http://jackvettriano.co.uk/index.php