julio 19, 2010

Diez platillos para someter al corazón

Por Ximena de la Cueva

Exordio
La historia de la cocina y su trayecto a los corazones de los comensales está relacionada con la búsqueda de diferentes resultados, el mejor de todos: el placer que parte del paladar y no termina de albergarse en ningún sitio específico, más bien sobrepasa los momentos y fluye constantemente entre el recuerdo y la posibilidad de vivirlo nuevamente. 

Y aunque las preferencias, también en cuanto a la comida, están matizadas culturalmente, hoy tomaremos la ruta de la diversidad dispuesta por el mundo de migraciones, que lo mismo nos permite probar un producto local que un platillo lejano geográficamente pero inmediato por la forma en que cobija nuestros sentidos. 

Cada uno de los platos que se incluyen en este listado tiene propiedades evocativas que se separan de los contextos inmediatos y nos llevan a conocer lo más primigenio de nuestras facultades sensuales en conjunción con los conocimientos producto del presente. En estas líneas nos encontraremos con sabores, texturas y aromas que provocan la desaparición de los entornos, para dejarnos a solas con el conjunto de sensaciones que de la boca se precipitan al cuello, la cadera y los tobillos para envolvernos asiduamente y robarnos el aliento. 

Son dos las posibles respuestas físicas frente a estos diez manjares: si se les desconoce, se abre la perspectiva y se dispone el cuerpo para el encuentro; domina la expectativa, y asumimos el papel de exploradores ante nuevos territorios. Si se les ha probado, experimentaremos una forma incondicional del deseo; aparecerá el rubor característico, se acelerará el pulso, las pupilas se dilatarán, por supuesto la saliva será más abundante y las fantasías rondarán cada segmento del instante. 

El abalorio 
Cabe aclarar que la lista no está dispuesta en orden de preferencias, sino a partir de acuerdos tácitos entre las palabras y la aparición de imágenes. 

1. Carne tártara 
En el gusto de comer una carne tártara están involucrados las características primitivas de nuestra especie y el conocimiento que implica saber que, básicamente, la carne estará cruda. El goce de sabernos carnívoros, depredadores, juega aquí un papel fundamental, y si a eso le sumamos especies, un poco de fruta picada que contrasta visualmente, un toque de sal, y la disposición de la carne misma a ser ingerida, el resultado puede ser devastador, en el mejor de los sentidos. 


2. Paella 
En todas de sus variantes, esta mezcla de granos de arroz con animales marinos, y en algunos casos, con carne de cerdo y embutidos, pero siempre aromatizada licenciosamente, enriquece cualquier mediodía sin importar las latitudes y las temperaturas corporales. Haciendo a un lado los orígenes, un solo plato de paella difícilmente nos deja satisfechos, la posibilidad de combinaciones al interior de cada componente llama a la reproducción de la experiencia y además, a la conversación y a la enumeración de anécdotas con los compañeros de banquete. Este es uno de esos que suelen llamarse platillos sociales y que nos hace anhelar tardes infinitas. 


3. Garam Masala 
Esta salsa es de origen hindú y la enumeración de sus ingredientes llena de inmediato los imaginarios: canela, cardamomo, clavo, pimienta, nuez moscada, por mencionar algunos. Con esta combinación se prepara lo mismo pollo que pescado, y la evocación de las deidades que tuvieron a bien regalar las especies que la componen, puede calentar las pieles y a sus múltiples habitantes. Cuando nos sentamos a saborear un pollo tikka masala, vivimos el desbordamiento literal de aromas y sabores más allá de nuestro plato, que pelean por la supremacía; sólo la distancia y las preferencias personales son capaces de inclinarse por alguno de ellos, y serán la fuente de una búsqueda constante de otra cita con India y sus embrujos. 


4. Ceviche 
Aquí la frescura inunda cada papila para exaltar el pecho y hacernos respirar hondo a fin de absorber cada grano de arena y la espuma marina que se nos enreda en los hombros y la cintura con el primer bocado. Para llegar a nuestros labios, el pescado se mostró obscenamente firme al cuchillo del experto para sucumbir a su corte y ser aderezado con limón y verdura igualmente desbastada para convivir en un festín que nos hará, con su simple enunciación, salivar y cerrar los ojos por el futuro encuentro con la acidez, bienvenida desde nuestras plantas, que recuerdan la arena y la brisa que nos roza por momentos. 


5. Mole 
Sin limitar el color y la región, este platillo de multitud de ingredientes provoca montones de fiestas y reuniones. Este es otro manjar para comerse en grupo. A diferencia de otros donde los compañeros de mesa desaparecen proverbialmente, aun cuando permanezcan físicamente, con el mole es imprescindible compartir las tortillas que lo acompañan y hablar de las posibilidades y características de la diversidad familiar que lo matiza. Sobra decir que si se tiene la fortuna de probarse con carne de puerco, se sacan de tajo y a voluntad, varios tabúes; el sabor de esta carne, su suavidad y disposición a sucumbir a nuestro encuentro, enriquecen y resaltan las características de los chiles y especias que conforman la pasta, y si se le combina con la neutralidad de la tortilla, es factible que las emociones se mezclen irremediablemente y quedemos ligados de por vida a quien nos haya acompañado en la experiencia y más aún, a quien lo haya preparado. 


6. Sushi 
Una vez que se prueba este delicado regalo, es imposible eliminarlo del deseo semanal, por no decir cotidiano. Nunca tenemos suficiente. La combinación de arroz, cortejado por verduras o pescado y aliñado con vinagre, puede permanecer como imagen en el devorador hasta que pueda finalmente, hacerlo de nuevo suyo. Somos capaces de aprender a usar palillos para aprovechar al máximo cada una de sus características, incluyendo las salsas con las que puede aderezarse. Aquí estamos a expensas, placenteramente, de quien lo prepare, pues el hecho de tener que comerlo entero, sin oportunidad de dividirlo en porciones, provoca que los ingredientes jueguen a voluntad con nuestro gusto y su falta de reservas. 


7. Cuitlacoche 
En quesadillas, como parte de un guiso con carne, pollo, arroz o pasta... el cuitlacoche es capaz de enfatizar su origen y al mismo tiempo, demarcar el territorio de la base que lo alberga temporalmente. La cuestión con este manjar es abrirse a la entrega de una tierra generosa, que transmuta donde resaltan la humedad y la estacionalidad. Preparar cuitlacoche es desmenuzar un fragmento de verano y reconstruirlo con sabores que lo enriquecen al calor de los aromas y el fuego que lo manipula. Probarlo es teñirse de llovizna y sucumbir a los placeres que los tlatoanis resguardaban como regalo de un dios particularmente indulgente, encargado de esconderlo entre las mazorcas de maíz más favorecidas. 


8. Tabule 
La acidez del limón, las verduras finamente picadas y la base de trigo, se mezclan para entregar al comensal una danza que viaja más allá del paladar y sus territorios de ficción. Estar cerca de un plato de tabule es saber que la fiesta personal está por comenzar; es cierto que generalmente se sirve como guarnición de algún otro platillo, pero la decisión está tomada y en este caso en particular, no privilegiaremos a la carne, sin que eso signifique que un kebab o cualquier preparado de borrego resulte poco atractivo. La sencillez de esta delicia oriental acaricia y conquista desde el primer contacto y no es extraño despertar en medio de la noche con los sabores y las ansias de asirlos, rondando los sueños y la lengua. 


9. Conchas 
Cualquiera que elijamos, mejillones, almejas, vieiras. La mejor manera de probarlas es con pocos aditamentos, pero preparadas con sabiduría, para explotar sus sabores marinos. Baste imaginar un ostión recién abierto, observarlo y con las pupilas dilatadas, gotear sobre su suavidad un poco de limón... De ahí podemos llegar a las parrillas y después de aderezar cualquier animal dentro de su concha, dejarlos unos segundos trasmutar en golosinas para el corazón y los sentidos en tropel. 

La dulzura del erizo no podía quedar fuera; su juego con la atracción y la repulsión provocadas por su aspecto son sólo un elemento más para hacerlo indispensable en el conocimiento de la sensualidad marina y su coqueteo con nuestra vida. 


10. Pizza a la leña 
Dicen los expertos que las diferencias en las formas de generar calor, ese que transfigura los ingredientes, son fundamentales para conducir el gusto. Este plato puede parecer absurdo y fuera de lugar, pero la conquista empieza a distancia, cuando nos acercamos al sitio de preparación y percibimos el olor a leña en combustión. La masa, trabajada a mano, cadenciosa y severamente, pasa a fungir como base de una salsa de jitomate y especias que a su vez recibirá cualquier ingrediente imaginable; ese sólo es el inicio; la siguiente transformación sucede en el horno, donde además de cambio de textura, la pizza adquiere sabores y aromas boscosos. La última mutación ocurre sobre la mesa, donde la vemos cambiar de tono y temperatura y cruje al encuentro con nuestros más indolentes deseos de apropiarnos de combinaciones extraordinarias. 


Entrega 
El disfrute de cada uno de estos platos se vive de manera diferente, pero en todos los casos, el proceso de degustación se equipara con el beso del amante. El primer contacto aumenta exponencialmente el deseo con un suave paseo por los labios, los recorre y juega con la lengua y sus confines hasta provocar el ansia de arrancar de una mordida todo lo que el siguiente bocado nos tiene preparado, para seguir con la lenta conversación que mantendrá con el paladar y el resto de la boca. 

Sabemos que después de esa fusión de nuestras sensaciones con el objeto de deseo, no dejaremos de buscar el acercamiento por los más diversos medios, incluso en distintos sitios, a fin de repetir la intensidad y someternos, placenteramente, a la espiral que el cocinero nos tenga preparada.

Espejo

Por Óscar Garduño Nájera

Los dos frente al espejo. Tu rostro patina sobre una superficie que parece falsa pero que es real, al menos más que nosotros.

Tú atrás del espejo.

No: tú atrás de mí mientras pones una de tus manos en mi hombro desnudo. Los dos dibujamos muecas frente al espejo: cuatro bocas, cuatro miradas, ojos bien abiertos, o los tuyos están abiertos; los míos, en cambio, parpadean como foco descompuesto en un vano intento por desaparecer lo que está atrás de mí, es decir, el otro fondo del espejo: un cuadro encima del mío y los dos sobre esa superficie que parece patinar al ritmo de nuestras muecas.

Vuelvo a cerrar los ojos. Pongo mis dedos sobre el espejo. Al quitarlos quedan diez puntos empañados como diez ojos que me miran desde esa dimensión oculta donde día tras día nos cepillamos los dientes o nos arreglamos el cabello. Adivino en dos puntos la esfera de tu mirada; los ocho restantes, sin embargo, son todo un misterio. Desapareces por un instante y es como si de alguna manera la vida continuara a pesar de todo, o como si la fuerza de las cosas nos obligara a seguir mediante impulsos aun cuando he dejado todas mis esperanzas frente al espejo, en esos ocho puntos todavía desconocidos.

Recuerdo que tu mano está en mi hombro desnudo. Tus muecas frente al espejo me indican que puedes hablar (al menos haces el intento), que tu voz aún no se ha ido tan lejos y que si abordas cada uno de los ocho puntos, cuando abras tus ojos volverán a ser diez, cuando voltees hacia atrás y me mires de frente.

No obstante, cuando intentas hablar cada palabra sale de la casa, se eleva, regresa intempestivamente y me hiere la frente cuarteada, que se arruga cuando miro cómo quitas tu mano de mi hombro desnudo para recargar tu rostro en mi espalda, una a una tus dos mejillas, tus labios en esta piel que ya nada tiene sino ocho puntos sobre el espejo, más los dos de tu mirada. Luego pegas tus senos y cada pezón perfora un punto sobre mi espalda con su afilada punta. Intento abrir la ventana del baño. Permanezco congelado frente a nuestros reflejos mientras dices algo ininteligible y tus pezones se ponen erectos.

Tienes frío.

Entonces regreso a tus brazos alrededor de mi cintura: conformamos una sola persona frente al espejo. Uno los ocho puntos que resbalan frente a la yema de mi dedo y aparece una luna, una luna de reflejos y en el centro de ella tu mirada.

Pienso en los primeros astronautas.

Tus manos sobre esa pancita mía y dentro la cerveza almacenada entre bodegas de carne: por nuestras cenas con velas, vino tinto y concierto para Brandemburgo de Bach y por los tantos días que pasamos contemplando la tarde, frente a la ventana abierta, abrazados, con una hambre atroz, el refrigerador vacío y la garganta irritada, seca; hasta puedo apostar que esos ocho puntos son pedazos de nuestro último queso antes de dejar la primera casa, cuando tras mucho pensarlo, empacamos.

Entonces muevo la cabeza, afirmando, y sé que sí, son tus manos las que se entrelazan en medio de mi pancita. Te lo puedo decir ahora: con ese abrazo me vuelves a dar vida. Incluso creo que es el mismo abrazo de las dos de la tarde en la cama, y el despertador que no suena, ¡maldita sea!, y ya se hizo tarde para llegar al trabajo… prometimos no separarnos y, con todas tus fuerzas (¿o eran todos tus murmullos?), me pediste que no te dejara ir, me advertiste que pronto vendrían tiempos duros de huracanes que te arrebatarían de nuestra cama (quizás ahora debo dormir un poco).

Uno, dos, tres… los ocho puntos siguen ahí y poco a poco conforman el delineado de nuestra luna, ¿la alcanzas a ver?

Otra vez sobre la superficie del espejo el brillo de los dos puntos de mirada, tus gestos; ahora juro que mueves el labio superior y juegas con él. Esa ocasión se nos hizo tarde, ¡maldita sea!, y despertamos para buscar la ropa deprisa y tu vestido negro como sombra por el suelo y “ayúdame a subir el cierre” y no sé cuántas cosas más. Luego nos dio risa porque el reloj estaba adelantado y nos habíamos despertado una hora antes. El tiempo, el tiempo que siempre interfirió en nuestros días y nuestras noches nos estuvo molestando con su lucecita de manecillas negras que sólo se callaba cuando mis dedos olorosos a pezones daba contra él, dejándolo inservible, tal y como fue nuestra vida después.

Ahora frente al espejo. Lo más curioso es que no sé cuánto tiempo ha pasado.

Tengo el rostro húmedo y me repito en voz alta que no son lágrimas. Y si son lágrimas, si acaso llegan a serlo, deben ser tuyas, porque juro que yo no he vuelto a llorar desde aquella ocasión en que estrellaste el espejo antes de irte; hace días que no lo hago y tengo mis ojitos resecos y agrietados con una luz roja de fondo, porque ayer dije que estaba hasta la madre, eso, hoy estoy hasta la madre y necesito descansar un poco.

Quiero preguntarte por qué lloras. Quiero secar las lágrimas de esos dos últimos puntos. Quiero pasar mi lengua por encima de cada lágrima. No te preocupes. Voy a estar bien. Pero, por favor…

No quites tus brazos de mi pancita y sigue mirando de frente al espejo, mientras te alegras por los puntos unidos de nuestra luna. Nunca te lo he dicho: tienes sonrisa de ángel de alas rotas.

Luego casi me lleno de alegría y regreso a la superficie del espejo. Siento entonces la humedad de un riachuelo que golpea de manera incesante mi espalda. Volteo. Cuando intento repetir lo mismo, el agua se adelanta, pasa sobre mí, llega hasta el frente y me sumerge hasta ahogarme; desaparezco por un instante de la superficie del espejo y cuando por fin salgo, tras respirar arduamente, busco nuevamente tu rostro.

No estás. En tu lugar me encuentro a mí mismo.

Responden mis lágrimas-riachuelo a tu ausencia. También eres de vapor. Desapareces una vez que abro la ventana. Un molesto letrero parpadea allá, al frente: HOTEL, por un instante te busco entre las habitaciones con las ventanas abiertas y una vieja ríe frente a un hombre con sombrero. Uno a uno borro los diez puntos y luego cubro todo el espejo de vaho. Mientras lo hago, mi rostro se pinta sobre su superficie estrellada.

Los diez bares más raros del mundo

Por Redacción Mundana
Sentarse en un bar a tomar una copa puede ser un ritual insólito si la copa se toma en uno de los diez bares más extraños del planeta. Si usted está tomando un trago en un bar y de repente empieza a ver enanos por todos lados, cree estar adentro de un submarino, arriba de un tractor o se imagina encerrado en un ataúd, no se preocupe. No son alucinaciones causadas por alguna copita de más; todo lo contrario: hoy día existen bares temáticos que recrean toda clase de situaciones insólitas. Estos son los 10 más raros del mundo.

1. En un árbol
En Limpopo, Sudáfrica, el matrimonio de Doug y Heahter Van Heeder ha montado un bar en el tronco hueco de un gigantesco árbol. En el salón entran unas 15 personas y se sirve cerveza bien fría que se conserva en un sótano que mantiene las bebidas heladas. El “arbolito” en cuestión es un Baobab de 22 metros de alto y 47 metros de circunferencia, con paredes que miden dos metros de espesor.

2. En un submarino
El Mar Rojo Estrella Bar es el primer bar submarino del mundo, se localiza en la ciudad de Eilat, Israel, a 90 metros de la costa. Este sitio, sumergido seis metros bajo el Mar Rojo, funciona como un observatorio marino y uno puede beber una copa o cenar en el restaurante mientras se deleita con la fauna marina. Está abierto todos los días y los precios son muy accesibles.

3. En un esqueleto
En la ciudad Suiza de Gruyeres existe un bar increíble: el Skeleton Bar, que parece el interior del esqueleto de un monstruo. Se trata de una auténtica obra de arte que construyó Hans Rudi Giger, diseñador de arte de la película “Alien”. El clima que se vive dentro de este “bar esqueleto” es bastante aterrador. Se comenta que la gente bebe mucho, sólo para quitarse el miedo de estar allí.

4. Entre Hobbits
Quien haya visto “El Señor de los Anillos” sentirá que este bar está realmente manejado por hobbits. El lugar, de hecho, se llama “La Casa de los Hobitts” y se encuentra en Manila, Filipinas. Todos los empleados son enanos. Se sirven hasta 100 diferentes tipos de cerveza y los turistas se la pasan sacándose fotos con los pequeños camareros.

5. Entre insultos
La Casa Pocho, en la playa de Cullera, a pocos kilómetros de Valencia, España, tiene un encanto especial y curioso: para que lo atiendan a uno, debe humillar a los camareros de todas las maneras posibles. “Tráigame un gin & tonic, hijo de la mala vida”, es lo más suave que se ha escuchado en Casa Pocho. Hay quienes cuentan que a los clientes se les va la mano con los insultos y que, frecuentemente, todo termina con golpes y sillas rotas.

6. En una clínica
En Singapur funciona un bar llamado La Clínica, en donde los camareros están vestidos como doctores y enfermeras. No sólo las mesas parecen camas de hospital, sino que uno también puede beber de una bolsa de goteo, servirse un “jeringazo” de vodka y sentarse en una silla de ruedas.

7. En un tractor
El Zetor Bar está situado en Helsinki, Finlandia y es propiedad de Aki Kaurismaki. Este bar tiene una decoración muy particular: tractores de todos los tamaños ―de la marca Zetor, muy popular durante la Guerra Fría―, en los que uno puede sentarse a tomar una buena cerveza sin ser molestado.

8. En un ataúd
Si uno quiere beber y “descansar en paz”, nada mejor que el Bar de la Eternidad, en la ciudad de Truskavts, en Ucrania, que es en sí mismo un gigantesco ataúd. Hecho con madera de pino de 25 metros de largo y 6 metros de alto, este cajón tiene luces muy bajas y flores por todos lados, para que uno realmente sienta que pasó “a mejor vida”. Aquí el happy hour es toda una ironía.

9. En el hielo
El Chillout Bar es un bar hecho completamente de hielo, en la ciudad de Dubai, en donde las temperaturas externas llegan a los 45 grados. La entrada cuesta 17 dólares e incluye el alquiler de un abrigo, botas y guantes de piel de camello. Los comensales se sientan en bancos, sillas y mesas de hielo. Por supuesto, beben en copas congeladas. También en Estocolmo, Suecia, funciona el Absolut Ice Bar, en donde hasta los inodoros son de hielo.

10. En una mina
Si uno ha leído “Viaje al centro de la Tierra”, de Julio Verne, sentirá algo parecido cuando ingrese en La Mina Club, un bar ubicado a 184 metros bajo tierra, en Zacatecas, México. Ese sitio fue alguna vez una de las minas más importantes de ciudad pero dejó de ser explotada durante los años sesenta para convertirse en museo y bar de copas. Para acceder al lugar, hay que tomar un trencito que tarda cuatro minutos en bajar hasta el salón. Por supuesto, quienes acuden al bar deben usar casco de minero, no vaya a ser que alguien esté bailando con una señorita y le caiga encima un pedazo de techo.

julio 13, 2010


Fetiches Sexuales

Los trasvestis heterosexuales: una minoría

Por Víctor M. Velasco M.

Los travestis heterosexuales son hombres cuya existencia es desconocida por la mayoría de la población, incluso negada, ya que generalmente el travestismo se asocia con la homosexualidad y se piensa que no hay un hombre al que le guste vestir como mujer y que, al mismo tiempo, mantenga su atracción erótica y afectiva por las mujeres. Por ello estos hombres, que en su mayoría descubrieron esta afición cuando tenían entre 5 y 10 años de edad, se sienten solos y muchas veces culpables. Sus historias son parecidas y, al mismo tiempo, diversas. Uno de ellos lo descubrió cuando se puso las zapatillas de su mamá, otro cuando se puso las pantaletas de su hermana y uno más cuando, jugando, su novia o esposa le hizo ponerse sus prendas.

Al principio, cuando eran niños, descubrieron que les resultaba excitante usar la ropa de alguna familiar. Sin embargo, ya habían introyectado los roles sociales lo suficiente para darse cuenta que era algo que debían callar, pues la familia, especialmente los varones, no lo aprobarían. Aunque algunos de ellos eran vestidos por mamá, las primas o las hermanas, y por lo tanto se les festejaba.

Al llegar a la pubertad se sintieron muy confundidos, porque el entorno social les había enseñado que quienes se visten de mujer lo hacen para atraer a hombres y porque desean ser amados por ellos. Sin embargo, en su caso no era así, porque además de lo excitante que les resultaba el uso de ropa femenina, sexualmente les gratificaban las mujeres y no se sentían atraídos por los hombres. Se encontraron así sin un marco de referencia o un grupo social en el cual incrustarse en función de su afición.

Debido a la introyección de los valores sociales que denigran lo femenino y lo que socialmente se identifique como afeminado, la mayoría se sintió muy mal por tener este gusto y empezó a vivir en lo que uno de ellos llamó “un círculo neurótico”, en el cual robaban o compraban ropa femenina y luego de ponérsela y masturbarse, se la arrancaban de inmediato para guardarla o quemarla, jurando no volver a repetir la situación, hasta que la ansiedad por hacerlo de nuevo se imponía y volvían a hacerlo. Algunos psicoterapeutas a los que consultaron contribuyeron a su infelicidad al asegurarles que su comportamiento era una “enfermedad” que debería y podría ser erradicada, y que lo sería si ellos ponían “suficiente fuerza de voluntad”. Los que iniciaron tratamientos al respecto sólo pudieron terminar decepcionados de la terapia y de sí mismos, ya que no pudieron lograr la desaparición de esta expresión, pese a sus esfuerzos y gastos de tiempo y dinero.

Después de la culpa, llegó para ellos el momento de aceptar que su impulso era muy poderoso y que sería imposible desterrarlo, por lo que decidieron aceptarlo como parte de sí mismos. Alguno optó por salir travestido a la calle durante la madrugada, otro salió a la calle en la seguridad de su auto, manejando, mientras usaba zapatillas y vestido, uno más alquilaba un cuarto de hotel y allí se travestia. Finalmente, algunos de ellos pudieron enterarse de la existencia de un grupo creado para apoyarles en el reconocimiento de su travestismo y llegaron así a CRISÁLIDA, grupo que el autor de estas líneas coordina y que fue concebido, no para curar lo que no es una enfermedad, sino para dignificar una expresión humana desconocida por el gran público y por muchos profesionales de la conducta.

En la experiencia de casi dos años de trabajar con este grupo se basa este artículo que hoy comparto con mis colegas, esperando contribuir a la mejor atención de esta minoría sexual.

Algunas Definciones Básicas
El travestismo suele confundirse con la homosexualidad o con la transexualidad. Sin embargo, cada una de estas expresiones de la sexualidad es diferente. Para clarificarlo veamos cómo se define cada una de ellas: Al hablar de homosexualidad, lo mismo que de heterosexualidad o bisexualidad, nos referimos a orientaciones sexuales, es decir a la inclinación que tenemos por compartir nuestra expresión sexual con miembros de nuestro mismo sexo, del otro, o de ambos. El sexo es el conjunto de diferencias biológicas que hacen a un individuo macho o hembra de una especie. Sin embargo, en el caso de nuestra sociedad, se construyen a partir de estas diferencias una serie de valores y se indican comportamientos diferenciados para machos y hembras y esto es lo que va conformando los géneros masculino y femenino, que generalmente se usan indistintamente con la noción de sexo. Cuando nos referimos en este texto a género, lo hacemos para referirnos a las características construidas socialmente, aunque sea sobre una innegable base biológica.

El travestismo es el gusto por usar prendas, manerismos, expresiones, accesorios, adornos, lenguaje e incluso comportamientos característicos del otro género, en la cultura de la propia persona. Pertenece a las ahora llamadas Expresiones Comportamentales de la Sexualidad (E.C.S.), que antes eran conocidas como aberraciones o desviaciones sexuales y consideradas sólo propias de algunos sujetos. Ahora sabemos que las E.C.S., en sus diversas formas, están presentes en todo ser humano tanto a niveles eróticos, como a niveles no eróticos (Alvarez Gayou, 1986; pág.50).

Para algunos autores, como Carrera, el travestismo es una forma de fetichismo, es decir, es la fijación en un objeto o en una parte del cuerpo y necesidad compulsiva de usar ese objeto o esa parte para obtener satisfacción sexual (Carrera, 1982, pág. 436)

La Transexualidad, es una condición en la cual la persona tiene la sensación interna de pertenecer a un sexo distinto al que biológicamente presenta. Se considera Transexualidad Primaria cuando el individuo reporta esta sensación desde su infancia y Transexualidad Secundaria cuando la persona reporta esta percepción solamente después de pasar por períodos de travestismo. De acuerdo con el manual de diagnostico de enfermedades mentales de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA), se considera que una persona es transexual cuando presenta, después de la pubertad, una inconformidad persistente con sus órganos sexuales, sensación de no pertenecer al sexo que se le ha asignado y el tratar persistentemente, al menos por dos años, de modificar sus caracteres sexuales secundarios o primarios para adquirir las características del otro sexo. (González Méndez, 1994; pág.148)

El Transgenerismo es un concepto que tiene dos significados. Por un lado, designa aquella condición en que la persona gusta de travestirse de manera permanente, al mismo tiempo que reitera su identificación con su sexo biológico. Es decir, vive como si fuera del otro género, pero sin renunciar al papel de género que le correspondería socialmente en razón de su sexo biológico. Por ejemplo un chico llamado Adrián, que permanece travestido todo el día, al tiempo que exige ser tratado con su nombre masculino.

También hablamos de Transgenerismo como la subversión de los estereotipos de género que imperan en la sociedad, y entonces se habla de transgénero como un gran concepto que abarca a quienes se transvisten, a quienes no están identificados con su sexo biológico y, en general, a todo aquel que rechace el género que se le ha asignado socialmente en función de su sexo biológico.

Es importante señalar que estas categorías pueden encontrarse entremezcladas en una misma persona, de manera que hay travestis heterosexuales y travestis homosexuales, lo mismo que transexuales heterosexuales y transexuales homosexuales.

Fenomenología del Travestismo
Para conocer las situaciones reales con las que puede encontrarse el terapeuta que recibe a una persona que consulta por los problemas que le causa su travestismo, presentaremos algunos de los elementos que comparten la mayoría de los hombres travestis heterosexuales, aunque al mismo tiempocada uno de ellos lo vive de manera diferente. Conoceremos algunos aspectos teóricos, que son confirmados por la vivencia de quienes participan en el grupo “Crisálida”. En el grupo han participado en dos años unas 30 personas y, además, hemos recibido cartas de un total de 50 interesados. Sin embargo, los datos que daremos se basan en un grupo de 12 de ellos, que son los más asiduos participantes. No busco dar una visión total del travestismo heterosexual en México, sino ilustrar el trabajo de un grupo, y el enfoque y las técnicas que he utilizado para trabajar con ellos.

Las causas del travestismo
Respecto al por qué alguien llega a ser travesti, pregunta tan válida como aquella de por qué alguien llega a ser una buena cocinera, existen diversas teorías. Una de ellas indica que se debe a la introyección inadecuada de los roles masculino y femenino. Otras aseguran que se debe a una falta de hormonas masculinas en un momento crucial de la masculinización cerebral. No tenemos comprobación de ninguna de estas teorías. Entre las explicaciones de tipo sociológico, está la que aduce una falta de introyección adecuada de roles, probablemente explicada por el hecho de que: “la mayoría de nosotros, que llegamos a ser travestis o transexuales, somos producto de una familia con padre ausente o, en el mejor de los casos, distante. Estábamos mucho más emocionalmente ligados a nuestras madres o a alguna otra autoridad femenina que permaneció a través de nuestras vidas... somos, en un porcentaje desproporcionado, hijos únicos o primeros hijos”.(Edwards, 1997 s/p).

Sin embargo, esta correlación no ha podido demostrarse como causal, ni como presente en todos los casos. Otra situación “traumática” que se supone explicaría el origen del travestismo, es que un niño hubiese sido forzado a travestirse. Sin embargo, se conocen casos, como el del general norteamericano Patton, que fue travestido por su madre en la infancia, sin aficionarse a ello; mientras que en “Crisálida”, de una muestra de 26 entrevistados, sólo 3 vivieron la experiencia, y “Gina” refiere que a quien vestían de niña era a su hermano; sin embargo, ese hermano un día rompió la ropa que le ponían, luego, quien es hoy Gina, buscó un abrigo de su prima y se lo puso, descubriendo una gran excitación emocional con ello. Ésta tampoco es una explicación suficiente.

Sin embargo, merece destacarse el hecho de que, en la primera ocasión en que ocurrió el travestismo, produjo una gran excitación emocional, incluso sexual, y que se vive como una necesidad en momentos de ansiedad. Ello podría indicar una asociación en la cual, el travestismo sirve como una válvula de escape de una gran tensión, quizá asociado con la idea de que siendo mujer la vida es más fácil de vivir; que cumpliendo los estereotipos masculino o femenino al mismo tiempo se es más fácilmente aceptado, con menos exigencias. De hecho, el travesti representa sólo a mujeres en papeles sociales muy estereotipados.

El continuo Travesti
Los varones travestis heterosexuales pueden ubicarse a lo largo de un continuo que iniciaría con el fetichismo por ciertas prendas femeninas, hasta posiblemente llegar a ser transexuales secundarios, aunque la mayoría no llega a ese último punto. También, algunos llegan a un punto en el que salen enteramente y no pueden ser ya considerados travestis. Generalmente esto ocurre alrededor de la edad madura y en el momento en que el travestismo deja de ser para ellos un estímulo emocional o erótico. Esta salida del travestismo es espontánea, no es el resultado de terapia médica o psicológica y aún no sabemos en qué porcentaje puede ocurrir.

En “Crisálida”, un 75 por ciento inició el proceso de travestirse antes de los 10 años. Sólo un integrante lo inició a los 32 años. Esto no es raro, pues diversos estudios confirman que “Muchos travestis y transexuales pueden claramente recordar alguna forma de "cambio de ropa” antes de los 10 años y aun antes”.(Edwards, op.cit). En el momento actual, quienes integran el grupo han pasado ya por fases de crisis y aceptación que se manifiestan en la necesidad de encontrar a sus iguales para compartir experiencias y consejos. Otros participantes van un poco más allá, y reconocen y buscan satisfacer su deseo de ser vistos en público y unos pocos, incluso, buscan hacer labores de información a la comunidad sobre el travestismo, lo que les convierte en activistas travestis.

Este proceso puede ser presentado de manera esquemática de la siguiente forma, insistiendo en que no todos siguen el mismo ritmo, ni de manera lineal y que, para algunos, la carrera puede interrumpirse en cualquier punto.

Etapa 1. Transexualismo Infantil
Según Edwards, muchos niños que llegaron a ser travestis creían que se iban a volver niñas. Él dice: “El primer trauma que recuerdo, es cuando me dijeron que jamás llegaría a ser una chica. La revelación ocurrió cuando me descubrieron mientras me ponía un par de medias de mi madre”. Muchos hombres transgeneristas, incluyendo aquellos que llegarían a ser travestistas heterosexuales, fueron transexuales o transgeneristas en su infancia temprana (Edwards, 1977). En esta etapa no se buscaba la excitación sexual, sólo el gusto por vestirse como niña. En “Crisálida”, un 40 por ciento reporta haberse sentido niña y el 60 por ciento restante no vivió esa sensación. En esta primera etapa no aparece una excitación erótica, sólo una sensación de relajamiento luego de la excitación de hacerlo.

Etapa 2. Travestismo Fetichista
En la mente del niño, cuando él se ponía medias de su madre o sus pantaletas, se convertía en una niña. La textura y diseño de la ropa femenina, tan alejado de lo masculino que debía usar cotidianamente, le apoyaba esta fantasía. El travestirse se convirtió en la cosa más excitante que había hecho y entonces aprendió que éste es un recurso para sentir placer y gratificación. Lo que no sabemos es por qué éste fue el recurso y no otro.

Este período se extiende por varios años, quizá hasta la adultez joven. Es alrededor de la pubertad cuando los niños que llegaron a ser varones heterosexuales, incluso los que creían ser niñas, se identificarán con su cuerpo y reconocerán las gratificaciones que su pertenencia al género masculino les puede deparar.

Es muy probable que en esta etapa un niño o un adolescente sean sorprendidos al travestirse y sean llevados a psicoterapia, con la esperanza de que ese comportamiento sea erradicado. Es muy importante que el terapeuta haya trabajado con su propia sexualidad y sus valores a fin de que, sin homofobia, pueda orientar adecuadamente tanto a los padres como al joven, logrando aclarar dudas y temores al mismo tiempo que evita crear expectativas falsas sobre una erradicación de esta conducta. (Velasco, 1997; pág. 53)

Dado que tal erradicación es, hasta donde la literatura reporta, imposible, es necesario ser honestos y trabajar apoyando terapéuticamente un proceso de desculpabilización y aceptación personal y familiar de esta expresión, así como en la responsabilización del joven y en el incremento de su capacidad de negociar los espacios en los que puede llevar a cabo su afición, sin riesgo para él y sin buscar acarrear consecuencias negativas para sus parejas, aunque haciéndose cargo de las dificultades que ellas pueden tener para aceptar esta faceta de ellos y la necesidad de que se plantee honestamente desde el principio.

Debo señalar que es tan posible que un joven sorprendido travistiéndose sea heterosexual, como que sea homosexual o transexual. Obviamente habrá algunas variantes, pero la actitud terapéutica básica debe ser la misma. Para algunos hombres, es suficiente llegar a esta etapa en que utilizan algunas prendas, se excitan y masturban, y después de masturbarse, dejan la ropa a un lado, incluso, en ocasiones, con mucha culpa. Sin embargo, otros avanzan al siguiente punto del contínuo.

Etapa 3. “Fetichismo De Mujer Completa”
Cuando al muchacho o adulto joven no le basta ya ponerse sólo unas prendas, sino que necesita vestirse totalmente como mujer, ha llegado a esta fase. Hablamos de aquellos que sólo buscan vestirse completamente pero no se interesan en cambios de sexo o de género. Esta fase presupone que el joven cuente con la oportunidad para hacerlo. Por ello, es probable que surja cuando ya trabaja y puede comprarse su ropa, además de vivir solo o tener su propio cuarto o poder alquilar un cuarto de hotel. Si ya se ha casado, puede hacerlo cuando su esposa sale de fin de semana y teniendo la ropa escondida en la caja de herramientas.

Es muy probable que gaste mucho en comprar ropa femenina que, luego de ponérsela un rato y masturbarse con ella, se arrancará violentamente y la tirará a la basura o la quemará, mientras que jura por enésima vez que esa fue la última vez que lo hizo y que abandonará su costumbre.

Después de un tiempo, vuelve a aparecer el deseo de hacerlo, que resiste un tiempo, hasta que "sucumbe a él", compra ropa, la disfruta, se la quita, la quema, se enoja consigo mismo , jura que no lo hará más y... vuelve a repetirlo.

Este es otro momento en que muchos tocarán a las puertas de un consultorio, llevados por el desconcierto y la culpa, y buscando ser "curados" de su "vicio". Será responsabilidad del terapeuta explicar la situación y acompañar en el proceso de autoaceptación, evitando incrementar sensaciones de culpa y fracaso en su consultante. El tema a trabajar será la ansiedad que les genera su afición y que puede provocar problemas de comportamiento y de saludmental.

Etapa 4. La “Resignación” y Necesidad de Autoaceptación
Cuando la actividad travestista se va incrementando y es evidente que no puede controlarse voluntariamente, se origina en el practicante la sensación de que ya no puede luchar contra ella y que debe aceptarse y entenderse a sí mismo, además de que empieza a buscar la aceptación de otros.

Eso implica al mismo tiempo el reconocimiento de que es distinto de otros hombres y la posibilidad de que pudiera salir a la calle y mostrarse ante otros.

Las nuevas necesidades de su proceso requieren de nuevos niveles de aceptación y entendimiento por parte de su familia y su entorno, que pueden resultar tan “desproporcionados” para quienes les rodean que, incluso, ponen en peligro sus relaciones de pareja y familiares si sienten que su esposa no los apoya suficientemente. En este sentido, la experiencia de “Scarlett” es muy reveladora, cuando dice: “La relación con mi esposa es buena, salvo en lo relativo a mi travestismo, porque a veces lo entiende y a veces no”.

La necesidad de aceptación y entendimiento de esta etapa lleva a los travestis a buscar grupos de iguales, ya sea directamente, por revistas y aun internet o buscando bares de travestis, según sus posibilidades de acceso a la información y la existencia de dichos grupos. De allí la importancia de la existencia de grupos y lugares seguros. Esta es también una etapa de búsqueda ansiosa de información que puede llevar a comprar cualquier revista o contestar cualquier anuncio con sólo detectar la palabra travesti.

Es muy importante, terapéuticamente, fomentar la empatía con las esposas y plantear el derecho que ellas tienen de tomar decisiones de compartir o no su vida con alguien que les ha ocultado un secreto, cuando así ha sido. Debe también entenderse el peso que se les obliga a cargar a ellas, llevando un “secreto de familia” que no pueden compartir ni con sus hijos. La consejería de pareja puede resultar fundamental en este momento.

Evidentemente, los hombres que llegan a “Crisálida”, lo hacen en este período. Por ello, llegan ansiosos de conocer la historia de los otros para compararla con la suya, establecer similitudes y sentirse reintegrados a la humanidad. Por ello son actitudes fundamentales la hospitalidad con los recién llegados y el “bautizo” con un nombre femenino, cuando no lo tenían, o bien la revelación de eso que ellos han buscado para afirmar su identidad, como travestis y como parte de un grupo humano específico.

Etapa 5. Revelación e Integración
Al perder el miedo a ser descubiertos y lograr la aceptación de sí mismos, es más fácil revelar a otros su condición. Por ejemplo,en “Crisálida”, cerca de un año después de llegar al grupo, “Gina” reveló a su familia su travestismo y logró el respeto y la aceptación de sí mismo. Ahora él y otros miembros del grupo pueden asumir que tienen dos facetas que se complementan. Además, “Scarlett” lo ha revelado ya en su empleo, aunque ésta es una medida que sólo cada persona puede decidir y que no se puede imponer a nadie, por sus repercusiones.

Gracias a los movimientos de liberación femenina y gay, hoy se habla abiertamente, al menos en las ciudades, de este tema; y aun los niños travestis pueden saber que existen otros hombres que comparten su afición.

En “Crisálida”, “Bianca”, a sus 18 años, está en esta etapa, mientras que “Gina” dice: “durante 44 años no había conocido a ningún otro travesti”. El hecho de que hoy, a menor edad alguien pueda encontrar a sus iguales, abre enormes posibilidades para su desarrollo humano. También las películas, programas de televisión y de radio han contribuido a esta posibilidad.

Éste es otro momento peligroso para las relaciones maritales, pues el hombre puede entusiasmarse demasiado y su esposa sentir que pierde al varón con el que se casó, o no aguantar la presión emocional que le genera el saber que él desea salir travestido a la calle, donde puede detenerlo la policía o ser agredido y exponerse al escándalo y que se enteren los hijos.

Además, dado que algunos hombres podrían avanzar hacia la etapa de travestismo de tiempo completo, ellas podrían sentir que la virilidad de su pareja disminuye y eso afecta la relación.

Podemos señalar que en una reunión de esposas de travestis, encontramos que muchas de ellas hablaron de haberse sentido traicionadas debido a que ellos les revelaron esta faceta después del matrimonio, en circunstancias que no les permitían a ellas oponerse o separarse. Además, señalaron que aceptan el travestismo de sus parejas, pero que es algo que no las complace y prefieren mantenerlo lejos de ellas lo más posible. De allí que el grupo les haya significado un alivio, pues no tienen así que ver algo que no les agrada.

Etapa 6:Trasvestismo de Tiempo Completo
Esta es una etapa a la cual arriban algunos hombres travestis después de la edad madura, en la que consideran que vivir como si fuera mujer durante todo el día sería mas satisfactorio que hacerlo solo durante períodos cortos de tiempo. Esto puede conllevar a la necesidad del retiro laboral o del autoempleo a fin de poder realizar una labor productiva en la cual pueda estar siempre como mujer, sin perder estabilidad laboral. La sexualidad puede ser más que heterosexual, “asexual”.

Etapa 7:Transexualismo Secundario
Como ya he señalado, en una edad ya avanzada algunos hombres dejan el travestismo de una manera “espontánea”. Sin embargo, unos pocos pasan a un momento en el cual llegan a concluir que, en realidad, eran mujeres y señalan que el travestismo es una fase que termina cuando se declaran transexuales preoperados. Desde la teoría se les define como transexuales secundarios. Al respecto, Edwards deja la interrogante: Si el travesti, de niño se sintió niña, ¿regresa, al llegar a esta fase, a sus orígenes? Aquí también, “Crisálida” es muy joven para tener experiencia que permita una respuesta. Para finalizar, consideremos algunas de las bases que pueden permitirnos orientar más eficaz y de manera más humanista a nuestros consultantes.

El Tratamiento Terapéutico del Travestismo
Asumo que el travestismo no es un problema en sí mismo. Lo que lo convierte en tema de la psicoterapia son las dificultades del hombre travesti para enfrentar un ambiente social hostil a esta expresión humana. Hostilidad que se explica, ya que la sola existencia del travestismo cuestiona los valores machistas en los que se ha sustentado mucha de nuestra cultura, puesto que muestra que hay hombres a los cuales las exigencias sociales les son desagradables y deja entrever la posibilidad de que algunos quisieran renunciar a cumplirlas o quisieran cambiarlas.

Además de esta postura básica, que fundamento más adelante, lo que guía mi trabajo es el hecho de que está demostrada la ineficacia de las terapias hasta ahora utilizadas para erradicar esta afición en quienes la practican y que inculyen técnicas aversivas, psicoanálisis, descargas eléctricas y aun tranquilizantes.

¿Enfermos o Minoría Sexual?
A continuación hago una breve exposición de los fundamentos sociológicos de la forma de trabajo que utilizo y que me permiten no caer en la idea de que al travesti hay que “curarlo”. Separo este material del cuerpo central del artículo para evitar confusiones y para enfatizar que, aunque no pertenece al cuerpo teórico que recibimos la mayoría de los psicoterapeutas, no podemos olvidar el componente social de nuestros consultantes y, sobre todo, el peso que lo social tiene en la forma en que construyen su realidad. Un grupo social puede convertirse en “diferente” cuando es percibido como portador de ciertas características específicas, siempre dentro de un cierto contexto social. De hecho, es el grupo dominante en un medio social el que, al marcar una característica como propia sólo de un grupo, crea a los “diferentes”.

Las diferencias, a su vez, pueden ser vistas como negativas o como positivas, pero cumplen la función de establecer una separación entre quienes las portan y la “mayoría”. Estas diferencias, debido a que cuestionan las “verdades universales” del grupo social, tienen que ser “explicadas”, o “justificadas”. Estas explicaciones, a su vez, tienen que ser asumidas por los “diferentes” para que asuman el discurso “oficial” sobre su propia existencia. Si aceptan ese discurso, aceptarán también las “sanciones o premios” que el medio social les aplique por su diferencia.

Las explicaciones que podamos dar a una “diferencia” dependerán inevitablemente del tiempo y lugar en el que estamos viviendo y de los valores que allí predominen, de nuestros conocimientos específicos sobre un tema, así como de nuestras experiencias y conocimiento de lo humano.

Las explicaciones acerca de la diversidad sexual no escapan a esta regla. Por ello debemos entender que la idea de que una persona pueda ser definida a partir de una sola característica de su sexualidad, haya surgido a fines del siglo 19, en el que, a la par de la consolidación del capitalismo y su expansión mundial, aparece la noción del individuo como una entidad que puede tomar decisiones y separarse de su comunidad, e incluso tener valores diferentes a ella. De allí la necesidad de conocer esas manifestaciones para controlarlas.

Así, a fines del siglo 19 y principios del 20 surgieron diversos estudios acerca de uno de los campos en que más se manifiesta la individualidad y en el cual se pensaba que esta individualidad podría ser más subversiva del orden social. Me refiero al estudio de las diferentes manifestaciones de la sexualidad, los que permitieron acuñar términos como “homosexual”, “desviación sexual”, y “perversión”, que denotan la existencia de formas de sexualidad diversas a la monogamia heterosexual que, para los europeos de ese momento, oficialmente, era la forma de sexualidad “madura y sana”.

El concepto de desarrollo psicosexual “normal” que se impuso, a partir de Freud, como un conjunto de normas y conductas sexuales que por sí mismas deben considerarse superiores a otras conductas sexuales, surgió de la conjunción del etnocentrismo europeo (reforzado por su capacidad de expansión mundial), con una visión evolucionista del mundo que fue tomada, en su momento, tanto por las ciencias naturales como por las Ciencias Sociales; (véanse los trabajos de Darwin, Comte, y Engels).

Dentro de los valores arraigados entre los europeos de esa época y que han perdurado, estaba, indudablemente, el de la sexualidad reproductiva (heterosexual y “oficialmente” monogámica) con sus diferencias genéricas claramente establecidas, con su valoración de lo masculino como superior y su degradación de lo femenino y lo que se identificara como tal. Por tanto, esta sexualidad fue la que se propuso como “madura”, “sana” y “deseable”.

Una vez establecido el paradigma evolucionista heterosexista y monogámico de la sexualidad, las discusiones giraron alrededor de éste y sus valores. Así, toda manifestación de la sexualidad que no tuviese como fin la reproducción podía verse, ya no como pecado, sino como su equivalente laico, la “perversión” o “aberración sexual”, y a sus portadores como entidades subhumanas que podrían ser puestas bajo tratamiento a fin de “ayudarlos a madurar” o, en el último de los casos, a segregarlos del mundo para que no lo contaminasen.

Toda la anterior digresión, que es más sociológica que psicológica, la hago para que los terapeutas entendamos que nuestro trabajo en la consulta nos exige, inevitablemente, responder a nuestros consultantes desde una posición ante el mundo que no puede ser ingenua, sino crítica y cuestionadora, a menos que concibamos al psicoterapeuta como un nuevo elemento del “status quo” y no como un apoyador de procesos personales de liberación del potencial humano inscrito, al igual que su consultante, en un medio social dinámico.

A partir de la mitad de este siglo, surge un cuestionamiento del paradigma de la salud mental positivista y se consolida una visión humanista dentro de la psicología, que pretende más la aceptación de la diversidad humana que el encuadramiento de las personas dentro de un molde único.

Además, con la expansión de los descubrimientos antropológicos acerca de la diversidad de conductas sexuales en distintas culturas y la realización de estudios como el de Kinsey sobre los diversos comportamientos sexuales, dentro de nuestra propia cultura, se replantean las anteriores “verdades” de la sexología y la psicología.

Además, el conocimiento de otras culturas ha permitido entender que el travestismo puede tener diversos significados, y que no significa en sí mismo algo degradante, sino a veces es socialmente fomentado, Vg.: “...entre los Chuk-chee de Siberia, el shamán es una figura religiosa con gran poder y prestigio que tiene una querida y a veces hijos y que, a su vez, sirve de esposa a otro hombre casado con mujer. Por su parte, los Konia de Alaska, educan a ciertos niños para desempeñar el papel femenino y de adultos los dedican a ‘esposas’ de los hombres más importantes de la comunidad. Los Reichel-Dolmatoff (1978) cuentan de la actitud de aceptación que la población mestiza de Aritama, en la costa atlántica colombiana, tiene de los casos de travestismo que se presentan. (Giraldo, 1986;47).”

A toda la transformación anteriormente referida de los paradigmas de la salud sexual, se suma el ejemplo de la resistencia negra al racismo en los Estados Unidos, que hace surgir la noción de “minoría” y permite la aparición del activismo feminista y gay, que van transformando la autoimagen de estos grupos de una imagen de “culpables” o “desviados”, a una imagen de “oprimidos sociales”, y les va mostrando la necesidad de la autoaceptación, como paso previo para la necesaria acción política.

Este ejemplo va impactando a nivel social y terapéutico, y surgen estudios y grupos de apoyo para otras minorías sexuales, como son los travestis y transexuales.

Toda esta revisión de conceptos y actitudes impacta la labor del terapeuta, aunque a veces lo haga más lentamente de lo deseable, de tal manera que hoy, ante las consultas de quienes pertenecen a “minorías sexuales”, no podemos plantearnos “curar” lo que no es una enfermedad, sino apoyar que el autoconocimiento conduzca al incremento de la libertad y la responsabilidad, así como a la congruencia entre el sentir y el hacer de cada persona.

Nuestra tarea terapéutica es, creo yo, trabajar para que la persona conozca su travestismo, lo acepte y tenga espacios de seguridad donde ejercerlo. Evidentemente, existen límites éticos para el ejercicio de las conductas sexuales que deben preocupar a los terapeutas. Yo asumo los siguientes:

1) La conducta sexual de que se trate es algo que la persona asume de forma libre y voluntaria.

2) La conducta sexual no se impone a nadie, de tal manera que quien participa en ella lo hace de manera libre y voluntaria.

3) La conducta sexual implica ciertas consecuencias y los participantes deben responsabilizarse de ellas, tanto de las positivas como de las que no son deseables para la persona, ni para otros participantes

4) Esa conducta sexual, al realizarla, le permite sentir que crece como individuo libre y responsable.

Asimismo, debemos recalcar que para un travesti se impone la necesidad de la honestidad, a fin de que su esposa o pareja conozca a lo que puede enfrentarse y juntos tomen decisones respecto a hablar o no con los hijos, al uso común o exclusivamente personal de la ropa femenina que hay en casa, al tiempo que él dedicará a su afición, y a otros aspectos que tendrá que enfrentar.

Podremos ver ahora por qué considero que el travestismo puede y debe ser abordado en terapia como un asunto de “Expresión de la Sexualidad” y no como una “enfermedad”.

Para mayor información: http://www.cecash.org/

Artejo

Por Óscar Garduño Nájera 

1 
“Lo primero que recuerdo de ella son sus pies y el momento en que quise besarlos y me detuvo, ¿me entiendes?”, el borracho reguiletea la cabeza y señala la caguama vacía. 

2 
Justo ahora que no llega pienso que se demora porque sus pies son lentos, muy lentos, o porque son precisamente ellos los que se niegan a verme, de tal suerte que se resisten a nuestro encuentro. 

Viernes antes de las diez con una noche que avanza sobre mil miradas, mientras abordo el metro, el microbús y una canción pasada de moda; no dejo de fijarme en los pies femeninos: ¿cómo consiguen meterlos dentro de esas estrechas zapatillas?, ¿cómo consiguen pintarse las uñas? Toco el timbre, esquivo a un señor con cara de velorio, bajo. Camino y los rostros de personas se multiplican. Voy a nuestro encuentro, a nuestra cita. Sí, vas a llegar con ese pantalón negro ajustado, blusa del mismo color y esas hermosas zapatillas: uno a uno tus deditos se asomarán al frente y me han de confirmar que les gusta cuando entran a mi boca, cuando se cuelgan de mis labios y mi lengua los acaricia. Pero eso será hasta que llegues y entre los dos decidamos ir al hotel de paso más cercano, quizás el que está a unas cuantas calles, ese que tiene luces grandes parpadeantes (¿recuerdas que le faltan dos letras?). 

3 
Tardas unos minutos en llegar y estoy en la misma esquina de siempre, cerca de donde las prostitutas ofrecen sus servicios. Muerdo mis uñas y por momentos sigo durante algunos segundos a las prostitutas que llevan esas zapatillas con tacones enormes: me gusta ver cómo se flexionan los talones hasta conformar ligeras arruguitas; cómo alzan los tobillos mientras la pierna flota por un instante para luego descender; cómo asoman los dedos casi sacándole la lengua al suelo, como si se burlaran de él, apretujados dentro de piel o plástico, como si también quisieran saludar al que viene de frente. 

Nada. 
Esta noche no queda nada. 

Tenía los talones rasposos y la planta suave, como si previamente hubieran embarrado talco para bebé. Si pasaba rozando mis dedos soltaba una risita y se movía, contoneándose arriba de la cama. 

Y es verdad: sin importar el tamaño, los pies de todas las mujeres son iguales. Cuando cualquier hombre los abraza con las manos la sensación es increíble, tal vez porque están hechos de otra piel. 

5 
Miro el reloj. 

Estoy frente a un puesto de tacos lleno de señores gordos y ebrios que beben caguamas. La noche se adelanta y abre las fauces de un animal aún desconocido. 

Antes que todo, antes de quitarnos la ropa y aventarla al suelo, antes de los besos y las caricias, lo primero que hacíamos era lo siguiente: ella se tendía en la cama luego de quitarse las zapatillas; yo me hincaba al frente y acariciaba sus pies, primero lentamente, disfrutando cada centímetro, enredando los dedos de mis manos en sus dedos, luego de manera rápida, como si aplicara una pomada contra dolores musculares. Y lo cierto es que en ese momento los dos comenzábamos a excitarnos: el ritmo de mis manos danzantes en sus pies marcaban el ritmo de nuestras respiraciones agitadas. “Más despacio, despacio, por favor”. 

6 
No importa cuánto tardes en llegar, ya que regularmente lo haces y siempre pones de pretexto cualquier tontería. Lo único que quiero, en estos momentos, es: 

Beber mis reflejos en tu mirada. 
Quemar mis labios en los tuyos. 
Chupar tus pies, morderlos suavemente, mientras la punta de cada uno alcanza a rozar mi paladar hasta hacer contacto con mis fibras nerviosas. 

También quiero llorar. Cuando pasan los minutos, cuando veo que no llegas, me da por hacerlo: hundo el rostro entre mis manos y lloro en silencio, apenado, mientras aprieto mis labios hasta causarme daño. 

Pero también espero. 

Un microbús se detiene frente al puesto de tacos, abre sus puertas y casi juro que eres tú la que desciende. No: es una señora con un ridículo vestido más amarillo que el sol. Lleva puestas unas zapatillas moradas de plástico y únicamente se me ocurre pensar en sus pies: ¿cómo es posible que vivan ahí dentro?, ¿y si en realidad la mitad de la población mundial no tuviera pies?, a fin de cuentas, ¿cómo nos daríamos cuenta si siempre se ocultan dentro de los zapatos?, ¿obligando a todos a usar huaraches? 

El olor del puesto de tacos distrae mis pensamientos. 

Un día en tu voz apareció una palabra: parafilia. Y aun cuando te esmeraste en explicarme su significado y la relación que tenía con nosotros, la verdad es que no entendí. Esa ocasión me quedé dormido sobre tus pies y la sensación fue que ellos respiraron de mi aliento. 

¿Recuerdas? 

Vas a llegar con toda la calma del mundo y me vas a decir: “¿cómo es posible que estés tan desesperado?, ¿cómo es posible que no tengas un poco de paciencia?” Cierto: con las mujeres uno siempre debe de tenerla. Ya sabes que todo lo somatizo y unos cuantos minutos de más, miento, quizás unas cuantas horas de más, bastan para que empiece a vomitar. Vas a venir hermosa, lo sé. Cuando te abrace, en tu cuello oleré ese perfume que tanto se empeña en acariciar las almohadas de nuestra habitación en ese hotel chimuelo. 

“Aquí, frente a mí. Enciende la luz, por favor: déjame acariciar tus pies, has de venir cansada”… era la clave para excitarnos. 

8 
En pocas ocasiones hemos hecho el amor. Nos preocupan más tus pies: cuidar de ellos, mimarlos, encajarles los dientes, meterlos dentro de mi boca hasta que la saliva resbale por el empeine, por el rasponcito talón, por las uñas pintadas de rojo. Como a las seis de la mañana tendrás que irte a tu casa. Quizás me volveré a quedar dormido (¡prometo no hacerlo!) y me tendrás que despertar. 

Un consejo: cuida mucho tus pies para que sepan siempre por donde andas. 

Al pasar una de tus manos por mi espalda me resucitarás de una perecedera felicidad, como si también me resucitaras de todas las muertes, y como si a partir de ese momento, al cerrar la puerta de la habitación y reírnos del H_T_L parpadeante, me enterrarás para siempre echándome montoncitos de tierra con tus pies, jalándome hasta la fosa; desde abajo, lo último que alcanzaré a ver es la planta de tus pies, cuarteada como un cielo nublado. 

9 
Son diez y media de la noche y la policía ha cargado con algunos borrachos. 

Alcanzo a escuchar un taconeo a lo lejos, un ritmo que a fuerza de escucharlo me es ya familiar. Cierro los ojos. Calculo el tiempo para que, al abrirlos, estés frente a mí. Los abro. Aparece la señora del ridículo vestido amarillo con unas bolsas del supermercado colgando de sus regordetes brazos. Me pregunta por un sitio de taxis. Señalo el lugar. Tú no apareces. 

En cuanto la señora se aleja, vomito. La sensación es de un animal enorme que se mueve dentro de mí, sale, escapa, regresa; vuelve a nacer otro, y otro más. 

“Todo lo somatizas”, dirás en cuanto llegues. 
La ciudad ahora me es ajena: no quiero saber un carajo de ella. 

10 
Te voy a contar algo: ¿recuerdas que en una ocasión metimos un condón a uno de los dedos de mi pie, el más gordito, y que intentaste masturbarte?, al final los dos nos quedamos tendidos en la cama muertos de risa, pues por más empeño que pusimos el maldito dedo se echó para atrás, emprendía la huída, hasta que el condón se partió a la mitad.

Respiro. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir.

En cuanto llegues te dará risa que con el vomito manché mis zapatos, y que de no ser por éstos, si acaso hubiera llevado huaraches, mis pies habrían quedado hechos un asco.

11
Uno de los borrachos se acerca hasta mí con una caguma abierta entre las manos. Me invita, la rechazo y le digo que espero a mi novia. “¿Es ella?”, pregunta y veo que señala a una de las tantas prostitutas. Me río, por fin me río y el animal desconocido parece alejarse.

Nada quedará sino la mancha de tus pies sobre la sábana arrugada. O las pisadas sobre la alfombra. O en el baño. Entonces tus pies vendrán a ser restos dentro de una habitación cualquiera; mañana otros pasaran sobre ellos y sobre éstos pasaran cientos. No lo olvides.

El borracho hace un gesto de disgusto, mira una de sus botas y se percata que él también se manchó de vomito. Dice: “¡mierda!” Bebo de la caguama y en cuanto doy el primer trago siento que me traspasa la garganta con alfileres. Él se ríe. Por un segundo somos un par de payasos y las prostitutas voltean a vernos. El borracho tartamudea, moja sus labios, y me pregunta a qué hora quedé de ver a mi novia. Tiemblan mis labios y vuelvo a pensar en tus pies: “lo primero que recuerdo de ella son sus pies y el momento en que quise besarlos y me detuvo. ¿me entiendes?”, el borracho reguiletea la cabeza y señala la caguama vacía. Es tarde.

Nota: con este cuento arranca un nuevo proyecto titulado: Anatomía del Desaliento, el cual se irá desarrollando en Mundana.